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¿Se podrá detener el avance de la COVID-19?

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Autor : Diego Arias Serna

¿Se podrá detener el avance de la COVID-19?

¿Se podrá detener el avance de la COVID-19?

Desde que se informó del surgimiento del nuevo coronavirus a principios de este año, la sociedad ha estado ‘bombardeada’ por proyectiles de todo tipo. Unos tratan de llevar claridad sobre lo que está pasando; otros, con noticias falsas, generan confusión y hasta crean alarma. Y así como en el fútbol hay “expertos directores técnicos desde las tribunas”, la COVID-19 ha permitido que aparezcan personas de todo tipo que recetan lo apropiado para frenar el mal que ha doblegado a la humanidad. 

Aunque es posible que alguien por efecto placebo pueda mejorarse con un tratamiento con remedios naturales, está mal pretender afirmar que ya se tiene el contra para el virus de moda. La historia y el desarrollo de las ciencias médicas son los llamados a esclarecer y dar la información apropiada. Hasta este año, lo científicamente apropiado para detener una infección son los antibióticos, los antivirales y las vacunas.

Igual que al inicio de la pandemia cuando las propuestas conspirativas inundaron las redes sociales explicando cómo se originó la COVID-19, la vacuna —como en otras épocas— es la alternativa apropiada, pero tiene sus detractores. No pocos, incluyendo médicos, científicos y personas con cierta autoridad, han opinando sin responsabilidad, y con sus afirmaciones confunden a quienes ingenuamente van creyendo todo lo que se dice.   

Como la pandemia avanza, sobre todo en Latinoamérica y EE. UU. y hay rebrotes tanto en Europa como en Asia, es pertinente aclarar la importancia de la vacuna anti COVID-19. Para ello, la información tendrá como fuente principal el libro: Enemigos microscópicos. Virus, bacterias y vacunas, escrito por Salvador Macip y publicado en 2016. Él es médico y genetista, investigador y escritor español, vinculado con la Universidad de Leicester, Reino Unido.

Origen de las vacunas

Para una breve historia de la vacuna nos ubicamos, con Macip, a finales del siglo XVIII, cuando la viruela causaba un elevado número de muertos y complicaba la salud en el Reino Unido. Por fortuna, en esa época vivía el científico inglés Edward Jenner. Su observación lo llevó a inferir que las granjeras que ordeñaban vacas no solían infectarse de viruela, aunque muchas padecían la enfermedad de forma leve porque se contagiaban de la viruela de la vaca. El investigador pensó que esa primera infección las protegía contra la manifestación más grave de esa enfermedad. 

Como científico, quiso comprobar su hipótesis y en 1796 tomó pus de una granjera que tenía viruela bovina y la inoculó a un niño de 8 años. 6 semanas después intentó infectar al niño con el virus de la viruela humana, pero no pudo: se había vuelto resistente a la enfermedad. Este proceso fue llamado inmunización. Más tarde se supo que el fenómeno se manifestaba porque la persona vacunada fabricaba anticuerpos contra el agente infeccioso al que había sido expuesto y se quedaba en la sangre vigilando por si se presentaba otra invasión. Si esta se produce pueden frenarla rápidamente antes de que cause síntomas graves. 

Entonces, lo que hace la vacuna es estimular nuestras defensas sin tener que enfermar. Jenner lo consiguió utilizando un pariente próximo, pero más débil del microbio que quería bloquear. Más tarde se descubrieron otras maneras de conseguir lo mismos resultados. Hoy en día varias vacunas se elaboran con el mismo microorganismo que causa la enfermedad, que antes se mata o inactiva en el laboratorio para que no sea tan agresivo. Hay que decir, como resalta Macip, que el concepto de inmunización es muy anterior a Jenner. En China y la India se utilizaban procedimientos similares unos cuantos siglos atrás. Hay libros de medicina china del año 1500 que ya hablaban de ella. 

Así que, desde Jenner la humanidad ha tenido el método de controlar enfermedades infecciosas y evitar el fantasma de la muerte. Pero, a pesar de los beneficios de la vacuna, quizás los fármacos más efectivos y con menos efectos secundarios que existen, desde su descubrimiento han tenido detractores. El hecho de que se inyecten voluntariamente microbios, por muy inofensivos que sean, a veces provoca suspicacias, y hay quien esgrime motivos éticos, o religiosos. Un ejemplo sería la campaña en Estocolmo, Suecia, contra la vacuna de la viruela en 1873. Algunos decían que no era lo bastante segura y defendían la libertad individual de poder decir si ponérsela o no. El porcentaje de vacunados bajó rápidamente del 90 % al 40 %.

La desinformación, un peligro para la salud

Era apenas obvio que luego estallase una epidemia terrible de viruela en la ciudad, y después de esa señal del virus, se puso fin a todas las dudas estableciéndose el calendario obligatorio de vacunaciones. Pero la humanidad no tiene memoria o no repasa la historia. Desde el descubrimiento de las vacunas no han dejado de verse casos parecidos de dudas y desinformación. 

Otro ejemplo se tiene también en Suecia. En los años 70 del siglo XX, en ese país se dejó de vacunar a los niños contra la tosferina porque se pensaba que la vacuna daba problemas neurológicos. Los casos de tosferina empezaron a aumentar exponencialmente, mientras que, en Noruega, el país vecino, se siguió vacunando y la enfermedad estuvo controlada. 

Una de las principales acusaciones contra la vacuna es aquella que especula como la causante del autismo. Por eso, últimamente apareció una corriente partidaria de suprimir ciertas vacunas obligatorias en niños. El fenómeno surgió a partir de un solo estudio científico, que desde que se publicó se ha demostrado que es errónea. Así lo describe Macip: “El doctor Adam Wakefield presentó en 1998 unos resultados que, según él, demostraban que la vacuna tríplica vírica se asociaba con el autismo. Basaba sus conclusiones en una muestra muy pequeña de 12 pacientes, 8 de los cuales parecía que habían empezado a tener síntomas relacionados con el autismo poco tiempo después de que se les diera la vacuna”. 

Continúa: “El artículo apareció en Lancet, una de las revistas médicas más prestigiosas e inmediatamente causó un revuelo en la prensa mundial. Era lógico: si una vacuna que se da sistemáticamente a todos los niños del mundo podía causar autismo, ni que fuera en un porcentaje de los casos, el impacto que podía tener era inmenso. Como siempre se hace cuando alguien propone una hipótesis, científicos de todo el mundo se pusieron inmediatamente a comprobar si era cierta. Sólo un mes después de la publicación del artículo ya habían aparecido los primeros estudios que aseguraban que los datos no podían ser correctos. Pronto quedó claro que había habido algún error fundamental en su estudio”.

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Falsos positivos de los ‘antivacunas’ 

No sólo las primeras investigaciones desmentían los estudios de Wakefield. Durante los 10 años siguientes, nadie logró llegar a las conclusiones reportadas que generaron alarma. Lo peor de este hecho fue la forma en que los periódicos difundieron la noticia. Los padres de familia les creyeron e iniciaron una campaña contra la vacuna. En cambio, cuando otros artículos científicos desmintieron esa conexión de la vacuna con el autismo, los mismos periódicos estuvieron varios años sin hacerles demasiado eco, o publicaron la noticia en algún lugar discreto. Y el efecto directo fue la negación de la aplicación de la vacuna. 

Las consecuencias llegaron pronto: en 1998 solo había 56 casos de papera en todo el Reino Unido. En el año 2008, en cambio, el número aumentó a 1.500. En EE. UU. se llegó a erradicar en 2002, pero la alegría duró poco. Se calcula que entre 2007 y 2009 se presentaron 47.500 infecciones infantiles nuevas debido a la disminución de las vacunaciones y, en 2014, los casos se habían triplicado respecto a los del 2013. Pero no solo fue grave la actitud de los medios al ocultar la irregularidad de las investigaciones de Wakefield, sino que también se supo que había recibido dinero de abogados que preparaban una demanda contra los fabricantes de la vacuna. 

En esta pandemia muchos grupos de investigación están consagrados a descubrir la vacuna, y por supuesto que los ‘antivacunas’ confunden con sus planteamientos en las plataformas digitales en donde asustan a los ingenuos. Pero no olvidemos que solo la vacuna nos dejará vivir tranquilos, porque la COVID-19 debilitada, seguirá conviviendo con los otros miles de millones de virus que nos han acompañado.      



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