Martes, 18 Feb,2020
En profundidad / NOV 24 2019 / hace 2 meses

Un hotel histórico en una calle tradicional

Un hotel histórico en una calle tradicional

Uno de los edificios que han marcado la historia de Armenia.

Por razones de exploración, decido subir las escaleras hasta sus pisos superiores, para retornar en el viejo ascensor.

Armenia, la capital del Quindío, tiene sus contrastes, los que se magnifican en el centro de esta urbe, que escogió llamarse la ‘Ciudad Milagro’ por los cambios drásticos en su arquitectura y disposición urbanas.

Sin embargo, hay una calle donde sus testimonios nos evocan el pasado y la magia de la historia. Es la carrera 17 entre calles 21 y 22.  De esquina a esquina, el recuerdo ha dejado sus marcas.  Desde la 22, vemos en ambos costados, todavía sentados en sus sillas de trabajo, a los escribientes—o escribanos— de aquellas máquinas antiguas con rollo de carrete.

Un café, llamado Academia de Billares, nos espera para el sabor de un tinto, mientras el ambiente interno nos lleva a la época de antaño con su música popular variada. Ello nos trae a la memoria otro establecimiento ya desaparecido, que funcionó cercano a este lugar, llamado el Bar Destapao

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Frente al café, se levanta imponente el edificio de siete pisos que alberga al más icónico hotel de Armenia, llamado Maitamá y también conocido como Edificio Tobón.  Este es un topónimo indígena, que quiere realinearnos en los nombres de la idiosincrasia nuestra, donde los pobladores nativos de esta tierra, como los Quimbaya y los Pijao, fueron los protagonistas antes de la llegada de los españoles.

A unos pasos de la puerta principal del hotel Maitamá, hacia la esquina de la 22, una venta de yerbas, plantas medicinales y totumas completa el sentido cultural de esta calle del pasado y que nos regala el sonido de aquellos tiempos, como hoy lo brinda el teclado de la máquina de escribir o el golpe del taco del billar que se encuentra al fondo del café.  Solo faltaría el chirrido de la greca casi centenaria que se encuentra en su mostrador.

Hoy he sido invitado a ingresar al hotel histórico.  Antes de ello saboreé el tinto, sentado al interior del café, y desde mi puesto veía pasar los transeúntes o notaba la placidez y el coloquio de mis vecinos de las mesas aledañas, todos ellos adultos como yo. La mujer que me atendió, quien se desplaza de mesa en mesa, nos hace remembranza de las coperas, aquellas amas de casa, jóvenes o maduras, que escogieron este digno oficio y que llevan el pocillo con el líquido humeante hasta nuestros puestos, siempre con mucha amabilidad, y hasta dispuestas a escuchar nuestras cuitas. 

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Al entrar al hotel empieza el viaje a décadas anteriores. En su primer piso vemos la recepción y una sala de estar que se ha decorado en su pared posterior con un mural en madera, finamente trabajado y ensamblado hace más de 20 años por su escultor, el salamineño Orlando Londoño Hidalgo. El título y su temática se relacionan con el personaje indígena Maitamá, fruto de la inventiva y la leyenda de alguna mente creativa.

Al lado de la sala de recibo, una puerta metálica anuncia el verdadero viaje elevado a la memoria.  Se trata del viejo ascensor marca Shinder, con rejillas de madera y que funciona ininterrumpidamente desde su instalación, hace 70 años, cuando se inauguró aquel sitio como Hotel Embajador, desde su construcción y hasta 1977, cuando ya tomó el nombre actual.

El constructor del hotel Maitamá fue un inmigrante alemán, de apellido conocido en esta región. Se trata de Guillermo Ledher, quien dejó su marca de buen diseño en los pisos del edificio, donde toda su carpintería está elaborada con maderas finas de los bosques cordilleranos. Aquí quedaron enchapes de maderas de cedro rosado, cedro negro, pino romerón y roble, que hace preciosas todas las estancias internas de este edificio.

Por razones de exploración, decido subir las escaleras hasta sus pisos superiores, para retornar en el viejo ascensor. 

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Su segundo piso es el pasadizo a la época dorada de los inicios del siglo XX.  Sus maderas de cedro rosado y negro, así como sus muebles dan el toque de etiqueta y sobriedad.  Sobre todo, cuando el amplio salón que funge como comedor, nos paraliza por su elegancia.  

En una esquina se encuentra, en disposición de pieza museal, el tablero antiguo de comunicación telefónica con las habitaciones. En otro lugar, una dorada cafetera – o greca como aquí la llamamos – nos asombra por su belleza.  Pienso rápidamente que una pequeña sala de conferencias o de celebraciones, que se encuentra al lado, sería el mejor regalo para conmemorar en ella cualquier evento académico o social.

También se encuentra la oficina, donde los herederos del médico Clímaco Tobón, el ordenante de su construcción en la década de los 40, atienden los asuntos de gerencia. Por todo esto, el segundo piso es la mejor antesala a la siguiente parada de este viaje nostálgico.

El tercero, cuarto, quinto y sexto piso son tan encantadores por sus diversas estancias y detalles. La baldosa antigua. Una sala pequeña en cada piso, anexo a su corredor. Los cuadros en las paredes, con variados temas pictóricos. Los corredores en penumbra. El silencio y la tranquilidad. Las camas y otros muebles de fina madera. La sencilla y limpia disposición de las habitaciones. Las lámparas clásicas de sus techos. 

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Varias remembranzas guarda este edificio. Fue construido en parte del lote que antes ocupó la antigua galería o plaza de mercado, llamada de Cervantes y que se consumió en un incendio. En abril de 1948, recién construidos cuatros pisos en obra negra, fue utilizado por las autoridades municipales para guardar los productos de los saqueos del 9 de abril, cuando asesinaron a Gaitán.  En su sótano funcionaron dos estancias, la Peña Taurina en los años 50 y a la que asistían muchos habitantes de la ciudad para compartir las famosas tertulias. La discoteca Quemada, en los años 80, fue el lugar preferido por los jóvenes para su sana diversión.

Pero tal vez la mayor escena histórica se desarrolló durante el sismo de 1999.  El edificio no sufrió con el evento y su estructura pasó la prueba de su fortaleza. Ello se debió a la buena construcción y a la calidad de sus materiales, que habían sido importados de Europa y Estados Unidos, tales como hierro y cemento, igual que las cerámicas, lavamanos y griferías de sus baños.

Se me permitió acceder a un séptimo piso, la gran terraza, desde la cual se divisa la ciudad moderna.  Allí me pregunto cómo se complementan los dos espacios.  El de la capital del Quindío, a su alrededor, con sus cambios y con su progreso.  El de este hotel, donde se detuvo el tiempo y sus residentes eternos son los recuerdos.  Bajé en el ascensor de 70 años hasta el primer piso y en su descenso lento pude sentir el ritmo de la paciencia.

El mayor placer, pernoctar y dormir con la historia, en el hotel más simbólico y seguro del centro de Armenia.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA


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