General / FEB 10 2013 / 7 years before

Un recorrido por el viento

Un recorrido por el viento

Acabo de leer La danza del caído, primer libro publicado del poeta Jorge Valbuena, y persiste en mi memoria un coro de voces que transita por los acertijos que nos propone el autor, entre la fauna mineral y salitrosa que recorre sus versos.
Porque si es cierto lo que afirma García Lorca que “El poema es la narración del viaje”, en esta propuesta poética el éxodo de lo humano nos convoca por los varios diluvios que desembocan en las inciertas calles donde vamos dejando rastros de pieles y de voces.

No hay en las palabras de Valbuena contemplación alguna con sus posibles lectores. Los poemas nos golpean con ecos vallejianos que nos habitan entre la desolación y el silencio. No hay espacios salvadores, todos los lugares cargan con un pesado fardo de tristezas. Así nos dice en Cartografía sitiada, “Todos los mapas son viejos silencios/ que se trazan a sí mismos” y concluye “Todos los mapas son hondos silencios/ que suelen esconder nuestros exilios/ la higuera que nunca despuntó en la quebrada/ la cicatriz enterrada en los caminos”.

La geografía que nos construye, donde edificamos nuestras moradas, retiene las cicatrices y los cuerpos de los muertos. Pero las heridas continúan supurantes, “Somos una legión de dolores cuaternarios/ puestos a prueba en el frío de este siglo/ que renueva los suspiros y los congela/ en el ciclo vital del sufrimiento”. Es tanta la desesperanza del transeúnte, de la huella humana, del pétreo nativo de estas alturas, de estas brumas milenarias, que solo observa soles apagados, arcoiris nocturnos.

Es el cegado por la resplandeciente luz primera que no encuentra la humilde llama de una vela, que alumbre la singular condición del hombre, su balbuceante voz.  Prometeo se sacrificó en vano, no hay fuego que vivifique la ceguera primordial.

Dice el poeta: “Es la  raíz del fuego/ que ya se ha consumido/ el arcoiris nocturno/ que nos nombra/ que brota de la desembocadura del incendio/ en el voraz estruendo de la magia vagabunda/ de este parto de sonidos/ donde somos el misterio/ de ser nosotros mismos/ sin edad”.

No es la piedra, ni el azogue lo que da forma a las sombras, los elementos a transmutarse en recuerdos y en lluvia. Es el viento el arquitecto, el genitor de la armonía y de los colibríes. Es el lugar de las apariciones y de la palabra. “Danza el colibrí en su desierto/ el árbol que no se sembró/ la brisa que descubre el viento/ el relámpago a la madrugada/ danza el silencio en lo profundo/ del mar de su canción/ un espejo que escapa/ danza el candil en una daga/ un dios sin creación/ la pluma que nunca fue ala/ la ruina que se inundó/ danza la misma torcaza/ que murió en otro poema/ así está el bullicio donde rueda/ le letra entre frío conservada”. Recordemos que el viento es el principal nutriente de la danza.


Por  Ómar Ortiz



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