Martes, 07 Abr,2020
En profundidad / OCT 21 2018 / 1 year before

Una cerámica falsa que engañó a los expertos de la arqueología

Autor : Roberto Restrepo Ramírez

Una cerámica falsa que engañó a los expertos de la arqueología

Los elementos se encontraron en un sitio llamado El Museo de Don Leocadio de renombre.

La Cerámica Alzate logró engañar en su época a los más expertos conocedores de antigüedades nacionales e internacionales.

Hace 100 años, en 1918, murió uno de esos personajes legendarios de la historia antioqueña, cuya trayectoria tuvo mucha influencia en nuestra región del Eje Cafetero. Se trataba de don Leocadio María Arango, un coleccionista de antigüedades, que comerciaba piezas arqueológicas y era tenedor de muchas muestras botánicas, zoológicas y paleontológicas.

La fama de Arango se ganó por el conjunto singular de antigüedades que manejaba. Se encontraba en un sitio conocido simplemente como el Museo de Don Leocadio, muy mencionado también en el ámbito internacional.

En el museo, este personaje conservaba una colección bien especial. Se trataba de la Cerámica Alzate, un conjunto de objetos de barro, que reproducía un mosaico de figuras humanas con detalles zoomorfos y decoradas con otras arandelas que llamaban la atención.

Lo cierto es que aquellas figuras fungieron como piezas originales y lograron engañar el supuesto conocimiento científico y arqueológico de los expertos de aquella época. Y hasta de nacionales, como Ernesto Restrepo Tirado, el historiador que escribió sobre los Quimbayas, pero más recordado por su acción directa y sus trámites exitosos para la adquisición del Tesoro Quimbaya por parte del gobierno colombiano en 1892. (Lea: El Tesoro Quimbaya y su proceso de compra)

No hay duda alguna que esos estrafalarios pastiches de barro rondan todavía en algunas colecciones particulares de arte antiguo en Colombia.

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Todavía en Armenia y otras ciudades de los alrededores, muchas figuras que simulan la Cerámica Alzate se encuentran en los estantes de sus propietarios, que las tienen como “joyas” del arte prehispánico.

Notable y curioso “tumbe” de aquellos años —para utilizar un término castizo de nuestra región— cuando se nos vende algo que ha sido mostrado y defendido como auténtico. Fue tan convincente el fraude, que probablemente en la vitrina principal de la exhibición del Tesoro Quimbaya en España, en noviembre de 1892, se pudieron presentar algunas piezas de la Cerámica Alzate, probablemente aportadas en préstamo por Restrepo Tirado.

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No aceptar que hoy todavía podemos caer en manos de timadores y estafadores, por mantener un cierto tufillo en el orgullo al sentirnos engañados, nos ha impedido reconocer que muchas colecciones arqueológicas de Colombia y de la región están repletas de falsedades.

La Cerámica Alzate es una historia de fantasía y de corte garciamarquiano. Cuando don Leocadio se enteró de su procedencia, quiso sin embargo ocultar su realidad, tal vez por temor al escarnio público, pues no soportaba que el guaquero Julián Arango y sus hijos —sus mejores amigos— habían sostenido un negocio de fabricación y mimetización de aquellos ceramios, que eran incluso enterrados, para llegar meses después a las manos de sus nuevos dueños y quienes habían pagado grandes fortunas por ellos. Don Leocadio murió firme en su convicción de tener lo mejor.
 

El engaño de los Alzate 

El engaño se descubrió en 1912 y lo publicó El Espectador, pues don Luis Cano, el dueño del periódico, también había comprado algunas piezas.

Dos autores se han referido a este hecho particular de la historia pintoresca colombiana.

Son Luis Fernando Molina Londoño en su artículo de la Revista Credencial Historia de julio de 1990, titulado “El célebre engaño de la Cerámica Alzate” y el antropólogo Luis Fernando Vélez quien hizo una clasificación tipológica, en 1981, de las piezas creadas por los Arango.

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Fue tan grande el prestigio que adquirieron, después de la muerte de don Leocadio, que se convirtieron en las más apreciadas por los coleccionistas. En 1922, a través de una ordenanza de la asamblea de Antioquia se evitó su salida al exterior, así como de otras colecciones de don Leocadio, ya que algunos museos del exterior estaban interesados en incorporarlas a sus fondos. Hoy hacen parte del Museo de la universidad de Antioquia. Irónicamente, la Cerámica Alzate es tan valorada como si fuesen piezas originales. Todo por hacer parte de la ocurrencia criolla de uno de nuestros coterráneos colombianos, de ahí que coloquialmente se diga que “medio mundo vive del otro medio”. Y esto no es todo, ya que fue declarada Patrimonio Nacional.

En el Quindío no nos quedamos atrás en la transacción engañosa. Muchos supuestos tesoros precolombinos han llegado a manos de honestos comerciantes, obnubilados por las fantásticas historias que de ellos y sus presuntos hallazgos se han relatado.

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Desde finales del siglo XIX, los relatos fantásticos del Tesoro de Pipintá, la totuma de oro de la laguna de Maravélez, los pasadizos secretos de los riscos de Peñas Blancas, el oro en cantidades de la cueva de Fachadas y otros inventos mágicos, también han alimentado el ansia de enriquecimiento fácil. Todavía seguimos con el imaginario agorero, a tal punto que nuestra voracidad imaginativa se rebosa, dejando ver eso que está latente en cada uno de los quindianos, o sea, aquello de “llevar todos un guaquero dentro de nosotros”.

Tal alimentación de nuestra construcción identitaria alrededor de la guaquería —llámese así el saqueo de los yacimientos antiguos— ha permitido que en nuestras calles se ofrezcan a veces los productos heredados de aquella famosa Cerámica Alzate. Aparecieron en la década de los ochentas del siglo XX. Son figuras de barro gris o terracota que simulan representación humana, con exageradas coronas, y portando en sus manos especies de vasijas, además mostrando representaciones escenográficas y zoológicas se les llamó en su momento las figurinas Zenú, porque supuestamente procedían de esta región arqueológica de Colombia. No son ni el remedo aproximado de los llamados retablos Quimbaya. Al contrario exageran en su ornamentación en ojos, en el sexo y en la reforzada presentación de los detalles, que finalmente permitió que la Cerámica Alzate y otros engaños delataran su verdadero origen artesanal.

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En lo que corresponde a las figurinas de nuestra región —y que se encuentran a la venta en forma callejera— es obvia la falsedad al mostrar ellas dos orificios en ambos extremos, si tenemos en cuenta que esa característica nunca fue de la funcionalidad de las piezas prehispánicas.

Una moraleja es el corolario de estas descripciones cotidianas del engaño y de la guaquería: El patrimonio arqueológico es la mayor herencia de nuestro pasado. Ni su esencia original, ni sus burdas réplicas deben ser hoy motivo de comercio, pues ello solo conduce al fraude de nuestra identidad.


Roberto Restrepo Ramírez
Especial para LA CRÓNICA



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