Sabado, 16 Nov,2019
Historietas del más acá / MAR 24 2019 / hace 7 meses

Una finca cafetera en el centro de la ciudad

En el predio fue descubierto un cementerio indígena. 

Una finca cafetera en el centro de la ciudad

Leonelia recuerda cada detalle de su vida en pareja con Rafael. Desde el enamoramiento, ocurrido en Calarcá, hasta el último día de vida de su esposo en la finca de Armenia.

Uno de los más de 200.000 muertos que se calcula dejó la época de la violencia en Colombia, fue Juan de Jesús Acosta, el padre de Doña Leonelia. “Iban cinco, todos con sus mulitas. Y ahí, en esa quebrada El Rosario, en Génova, los estaban esperando. Mataron tres, y entre esos cayó mi apá. Quedamos huérfanos, yo era la mayor, tenía diez años. Gracias a Dios le pegaron un tiro, digo gracias a Dios porque cuando llegaban a las fincas los dejaban como… mejor dicho…”
 

Testimonio de Doña Leonelia (Oir en otra pestaña)


Doña Leonelia hace parte de los casi dos millones de desplazados que dejó la guerra entre chulavitas y pájaros. De la verde cordillera, teñida por la sangre que hicieron correr Sangrenegra y Chispas, la adolescente Leonelia migró, en contra de su voluntad, a Calarcá. Luego la vida la trajo, en compañía de su esposo Rafael, a las seis de la tarde del 20 de septiembre de 1964, a un pedazo de tierra fértil en el barrio Montevideo Central de Armenia. 

En la escritura de compra de la finca, afirma su nieta Mónica, dice que el predio valió $2.000, menos de la mitad de lo que hoy cuesta una libra de café molido en un supermercado. 

Tratando de echarle tierra a esos malos recuerdos cordilleranos, la pareja Gómez Acosta empezó a cultivar las dos hectáreas y media que habían comprado a pocos kilómetros de la plaza de Bolívar de la capital quindiana. Ella y sus hijos y nietos afirman que es la única finca cafetera en el centro de la ciudad.

Rafael, el hijo, pronto se convirtió en el líder de la segunda generación. Asumió la coordinación de las labores productivas de la finca y se volvió el consejero de todos. Un día, viniendo del barrio Berlín, fue herido por un sujeto que intentó robarlo y luego se refugió en alguno de los barrios vecinos de la finca. El agresor caminó rumbo a la cueva del humo o por la carrilera, no se sabe. Rafael fue a parar a un hospital y cuando le dieron el alta médica tuvo que aprender a moverse en silla de ruedas. Sus piernas se detuvieron, pero su cabeza, su amor por la familia y el apego a su tierra iba a mil. No solo siguió como líder de los Gómez, también se convirtió en un destacado deportista.

En la finca, desde donde se llega, en pocos minutos caminando a los barrios La Unión y El Recreo, nacieron nuevas cosechas y otros miembros de la familia. Mónica Andrea y Jessica Alejandra, las hijas de Sandra Lorena, pasaron de una niñez corriendo por los pasillos de la amplia casa a una juventud revisando los palos de la variedad Castillo – Naranjal. Las nietas de Don Rafael y sobrinas de Rafael, aprendieron rápidamente los secretos, misterios y virtudes del cafetal.
 

Una finca cafetera en el corazón de Armenia (Ver mapa en otra pestaña)


Mónica, la mayor de las hoy dos entusiastas empresarias cafeteras, es la tesorera de la Asociación Herencia Campesina del Quindío; Jessica, la menor, es una de las encargadas de monitorear la calidad del café. La asociación juntó nietos, hijos y sobrinos de caficultores. Los 24 fundadores de la agremiación crearon la marca Café Herencia 24. De la Fundación Bolívar Davivienda y del Comité de Cafeteros recibieron  herramientas conceptuales, técnicas y económicas; también equipos en comodato. Así fue como despegó este proyecto productivo que ayuda a mantener viva la tradición cafetera en esta parte del país.
 


Tres generaciones han vivido en esta finca cultivando café.


El sueño de los jóvenes integrantes de Herencia Campesina, todos con raíces en Armenia y Calarcá, es posicionar su café en Colombia y exportar. Por eso trabajan con mucha exigencia y organización, tanto en la torrefactora que instalaron en Chagualá, como en cada una de las fincas que aportan el grano.

La finca cafetera urbana, en la que viven tres generaciones de caficultores, es un lugar apacible, tiene una vista inmejorable pero pasa desapercibida para quienes transitan a pie o en carro por la zona. A la casa la abraza la sombra, la frescura y el verde. El viento se siente y se oye. El canto de los gallos; la mirada apacible de Kiara Alegría, la perra de raza Pastor Alemán; y el sonido de la pitadora, montada en estufa de leña, ponen los sentidos y la mente de los visitantes a varios kilómetros de la ciudad y no, como es realmente, a pocas cuadras de las abandonadas estación y carrilera de Armenia.
 


Las tumbas indígenas halladas en el lugar han sido cuidadas y admiradas durante varios años por cada hijo, sobrino y nieto de Rafael y Leonelia. La finca también es visitada por estudiantes y profesores. 


La casa de la finca es amplia y ventilada. Más acogedora en los anchos y largos pasillos en donde es obligado el café, revivir el pasado y la contemplación de los jardines y varias tumbas indígenas. El descubrimiento arqueológico, del cual no se tienen mayores detalles, ocurrió cuando fue necesario levantar de allí la casa y moverla unos metros para el terreno en donde queda ahora. El cambio fue necesario luego del terremoto de 1999. Las tumbas halladas no tenían ni piezas de orfebrería ni de alfarería, pero cada miembro de la familia es custodio de esta riqueza inmaterial. Ocasionalmente llegan antropólogos, turistas y estudiantes, toman fotos, contemplan el cementerio ancestral, especulan, dicen gracias y se van.

En La Finquita todos saben, hacen y hablan de algo relacionado con café, incluso Carlos Andrés y Juan Esteban, los más pequeños. Esa fue la herencia del viejo Rafael, el que vino de las montañas huyendo de la violencia y con amor y mucho trabajo sembró una tradición que por lo pronto ya va en la tercera generación. 

Don Rafael murió hace 16 años. Doña Leonelia, su esposa, recuerda y nos cuenta con detalles cómo se conocieron y cómo la enamoró. Su pelo parece algodón. De sus manos ya se borraron las marcas del trabajo duro de su juventud. La memoria está intacta, tanto que fue ella quien nos dijo la hora y el día en el que llegaron a la finca en 1964.
 


Rafael, el hijo, sigue siendo el aliento de la familia. Su lucha por la vida es recordada por todos sus familiares en cada charla.


Rafael, el hijo, el consejero de todos, perdonó a quien casi le quita la vida y lo dejó en silla de ruedas. Ganó como tenista varios campeonatos, presidió la liga de limitados físicos del Quindío y estuvo al frente de la finca hasta que una meningitis le puso fin en 2017 a su presencia física, pero no espiritual ni emocional, entre los suyos.

José Ricardo, el hermano de Rafael, también tiene tareas y responsabilidades en la finca. A él la meningitis no le quitó la vida pero sÍ la audición cuando tenía 4 años. Se graduó como gerontólogo y luego de una cirugía volvió a escuchar.
 


Rodeada por barrios considerados como inseguros pasa desapercibida para la mayoría una acogedora finca cafetera habitada por una familia trabajadora, amable y emprendedora. 


​La casa de Leonelia es la casa de todos, allí hay comida y amor para todos. Para los que como Yhan Carlos les desea las buenas noches cada día a sus hermanos antes de dormir; para los otros hijos Óscar Fernán, Sandro Alberto y Julián Andrés, que no viven en la finca, pero no faltan el fin de semana en la visita con sus familias; y también para Sandra Milena, que no es hermana de sangre pero sí de corazón y crianza y que ahora vive en España.

Sandra Lorena, la hermana de Rafael y mamá de las entusiastas y juveniles cafeteras, lleva por toda la ciudad sus acciones e ideas para proteger los recursos naturales. Ella, como su hermana Floralba, saben el valor que tiene la tierra que provee alimento y sustento, y no desaprovechan  ninguna conversación para resaltar la importancia que tiene la familia. La octogenaria Leonelia interrumpe la charla, pide la palabra y dice: “el mejor café es el que se hace con amor”.
 


Ernesto Acero Martínez
@hdelmasaca

Especial para LA CRÓNICA


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