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Una mujer de muchas ‘carreras’

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Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Una mujer de muchas ‘carreras’

Además de ser taxista, también estudió secretariado, modistería, ortografía y redacción, entre otros cursos.

Pocas ejercen en Armenia ese oficio y menos en las madrugadas, como lo hace Noralba Arcila Castaño.

De niña, Noralba Arcila Castaño soñaba con ser una gran piloto, pero en ese pedido que le hizo a Dios o al universo, al parecer, no especificó qué tipo de piloto quería ser. Lo cierto es que ese genio de la lámpara mágica al que le pidió aquel deseo no la puso a pilotear aviones, pero sí taxis en Armenia. De sus 46 años de edad, lleva 26 en ese noble oficio de movilizar personas y es una de las pocas taxistas que tiene la ‘Ciudad Milagro’.

Siendo apenas una quinceañera ya ejercía como operadora de radioteléfonos en el gremio de la mancha amarilla en la capital quindiana. En medio de ese mundo de ‘pilotos terrestres’ duró 3 años y medio en los que aprendió a conocer, como la palma de su mano, cada punto cardinal de este pequeño territorio. Cuando estaba a punto de cumplir sus 19 años de edad, le llegó el primer guiño para ser ‘piloto’. Una tía que era dueña de un taxi le pidió que ‘piloteara’ su vehículo para que reemplazara a alguien que había dejado ese cargo. Ni corta ni perezosa, se le midió a ese reto que fue su ‘amor a primera vista’ y el cual le quedó gustando tanto, que hoy le sigue ‘coqueteando’ porque ser taxista, lo dice con orgullo, es lo que ama.

Muchos pasajeros al detallar bien al conductor a quien le pusieron la mano para solicitarle una carrera y percartarse de que se trata una mujer, desconfían y prefieren no montarse, pero ese no ha sido el caso de Noralba. Sin embargo, en medio de actitudes nada civilizadas y menos caballerosas, algunos conductores de carros particulares al verla, de pura maldad, le han tirado el carro para ver cómo reacciona.

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Ser mujer taxista, en un gremio en el que la mayoría de sus integrantes son hombres y en una sociedad en la que aún impera un machismo cada vez más cruel, ha sido para ella todo un reto en el que a pesar de los múltiples riesgos, sigue estando más firme que un roble porque, como dirían algunos jóvenes, “no se le arruga a nada ni a nadie”.

 

En el taxímetro de su vida el miedo no le marca la carrera

“No tengo restricción alguna. Me meto a Génesis, a Simón Bolívar, a Colinas porque soy de las que piensa que si es el momento mío, ojalá no sea en esto, puede ser en cualquier parte de la ciudad. A todo lado me meto. Me he ido en las madrugadas para las fincas de Génova, Salento y Pijao”.

Como si eso fuera poco, esta valiente taxista ejerce su oficio en las madrugadas, cuando los gatos son pardos y el peligro acecha con más vehemencia por la soledad y la oscuridad de la urbe, pero también porque es vulnerable a las agresiones de borrachos, de morbosos, de delincuentes, en fin, de todo de tipo de personas que, bajo los efectos de los tragos o de las drogas, se convierten en monstruos a la espera su próxima víctima.

Aunque en 3 ocasiones la atracaron mientras cumplía con su labor y eso la llenó de impotencia, nunca esos hechos, que pusieron en peligro su vida, la motivaron a dejar el oficio de taxista. “Manejar el público es difícil. Los caballeros algunas veces se sobrepasan con las mujeres. Ellos creen que porque estamos en un taxi somos indefensas y pueden hacer lo que quieran con uno, pero están muy equivocados”.

Noralba reveló que en algunas ocasiones han sido tan abusivos con ella, que al terminar el servicio, algunos se han ido sin pagarle. En una ocasión un pasajero ebrio la tomó con violencia del cabello y la insultó, simplemente porque ella se fue por una ruta con la que él no estaba de acuerdo, pero aquel individuo tampoco le advirtió que quería que ese trayecto fuera por un lugar diferente. Al final, ella se vio obligada a conducir el vehículo hasta el CAI de Policía de Los Naranjos y terminó detenido. “Todas esas situaciones las aprende uno a manejar con el tiempo”, aseguró, pero aclaró que han sido más las experiencias buenas que las malas.

“Lo más bueno de todo este tiempo en el que he ejercido como taxista ha sido el poderle servir a la gente, no depender de nadie es lo mejor que le puede pasar a uno, a pesar de que el taxi no es mío y me toca liquidar. Soy una mujer muy trabajadora, responsable con mi carro y con mi oficio. Además, he conocido mucha gente hermosa, que me sirven y les sirvo, les he cogido cariño porque con tanto tiempo transportándolos se vuelven como mi segunda familia”.
 

Manejar taxi es el amor de su vida

Entre sus clientes fijos figuran miembros del personal de la salud, conductores de buses y tractomulas que le piden que los recoja después de guardar sus vehículos, empleados o dueños de los restaurantes. Ella no se ha quedado atrás y se ha apropiado de las nuevas tecnologías por las que también recoge carreras que le llegan por distintas aplicaciones.

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Su oficio le ha brindado el privilegio de conocer, como nadie, el territorio nacional. “El Valle del Cauca me lo conozco todo, he ido a Popayán, a Caloto, Cauca, a Medellín, a Bogotá, a Cambao, Tolima, a Pereira y a muchos otros lugares”.

Contó que antes de la pandemia su jornada laboral empezaba a las 4 de la tarde y podía terminar a las 5 de la mañana. Aunque ahora culmina a esa misma hora, como el trabajo y las ganancias se le han reducido, le ha tocado iniciar su turno al mediodía para compensar un poco esas pérdidas.

Esta dama de la mancha amarilla reveló que, en medio de esos vaivenes laborales, entre semana tenía días en los que le quedaban libres desde $20.000 hasta $40.000. La situación se ponía más interesante cuando se trataba de un fin de semana, que son los días en los que la gente suele gastar más dinero en sus planes de distracción, entonces ahí su bolsillo hacía fiesta al ocuparlo con mínimo $80.000 y hasta $120.000, cuando la cosa estaba sabrosa y el dinero le llegaba tan pulpito que le rendía como las crispetas al explotar en la olla pitadora.

“He tenido oportunidades de estar en otros trabajos bien remunerados, pero no los he aceptado porque esta es mi vida. Este es mi oficio, mi profesión y hasta que mi Diosito me tenga con vida y salud, siempre la voy a ejercer con amor. No cualquiera hace lo que yo hago”.

Aunque sus colegas la cuidan y la quieren más que a un hijo mimado, Noralba asegura que no le gustaría enamorarse ni de ellos ni de sus pasajeros, quizás, porque al fin de cuentas el amor de su vida es manejar taxi.



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