Al descubierto / ABR 06 2020 / 1 month before

Vigilantes se sienten inseguros por la COVID-19

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Vigilantes se sienten inseguros por la COVID-19

Carlos Enrique Pineda vigila el barrio Laureles de Armenia.

Los guardas entrevistados por LA CRÓNICA afirmaron ser rigurosos con las medidas de desinfección. Uno de ellos teme contagiar a su familia.

Resulta paradójico, que los vigilantes, encargados de brindar seguridad, por estos días no se sienten tan seguros. Por el lado de cualquiera de ellos, sin que lo sepan, puede pasar la pandemia, como si fuera un alma en pena. Ellos son conscientes de que en su labor, en la que deben tratar con muchas personas durante el día, se exponen al contagio y temen propagarlo con su familia, si eso llegara a pasar. 

En los supermercados, deben controlar el ingreso de las personas guardando la debida distancia, pero a veces se encuentran con la intolerancia y la grosería de muchos clientes. En los hospitales, orientan a los pacientes y presencian escenas, casi siempre, dolorosas. Aquellos que ejercen la vigilancia informal en los barrios, hacen hasta los mandados a los vecinos para ganarse alguito adicional con qué sobrevivir. 

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Estas personas son las encargadas de que el orden y la seguridad imperen dentro de las distintas entidades o de que los residentes tengan algo de tranquilidad. Son también las primeras personas a las que nos encontramos antes de ingresar a una empresa, supermercado, clínica, edificio o centro comercial. 

Por fortuna, ninguno de los 2 guardas que abordó LA CRÓNICA padece ese mal y desde sus ´cuarentenas laborales´ les contaron a los lectores cómo la COVID-19 les ha cambiado las rutinas en sus labores, porque ellos hacen parte del selecto grupo de personas que están exentas de permanecer, por obligación, en sus casas. 

Uno de ellos, de 36 años de edad, vigila desde hace poco tiempo una de las tantas tiendas de bajo costo que existen en el centro de Armenia. Reveló que durante las últimas dos semanas ha visto reacciones poco amigables de algunos compradores  cuando les ha pedido que conserven la distancia al interior del almacén. ¿Por qué tengo qué hacer eso, si estoy pagando? Es la respuesta, poco cortés, que algunos le han dado. Asegura que la gente no entiende que él no es quién pone las normas, simplemente se encarga de hacerlas cumplir. 

El coronavirus alteró también su jornada laboral. Antes trabajaba 7 horas diarias, ahora debe estar 10 horas parado en la entrada de la tienda. Por fortuna, lo acompañan dos miembros de la Policía Nacional, quienes lo ayudan a controlar que solo ingresen aquellas personas que cumplen con la medida del pico y cédula. 

La presencia de los dos uniformados, asegura, le da un poco de tranquilidad y de respaldo. No descarta que en cualquier momento, cuando escaseé la comida en las casas de los barrios vulnerables, se puedan repetir los saqueos que ocurrieron luego del terremoto de aquel 25 de enero de 1999 en el Eje Cafetero. “En este país la gente tiene más miedo de morirse de hambre que contagiado por la pandemia”, asegura. 

Él tiene una esposa y un hijo pequeño. Por su lado, durante un día, pueden pasar más de 100 clientes. Eso lo hace susceptible, asegura, de transportar el virus a su casa y terminar contagiando a sus seres queridos involuntariamente. Él no oculta ese miedo, a pesar de que usa tapabocas, de que mantiene el gel antibacterial para aplicarse con regularidad y hace lo propio con los clientes, quienes se lo agradecen. El temor a contagiarse también se lo manifiesta su mujer, quien le aconseja que tenga mucho cuidado con las rutinas de desinfección. 

Para mantener a sus seres queridos alejados del peligro cuenta que se quita la ropa al llegar a la casa y de inmediato la tira a lavar. Aunque su pequeño trata de abrazarlo, con el corazón en la mano, le dice que no puede hacerlo. ¡Qué ironías las de la vida! Un abrazo, un beso y un apretón de manos, que siempre han sido símbolos de aprecio y cariño, ahora pueden significar la muerte. Luego, se ducha para que desaparezca de su cuerpo todo microorganismo sospechoso de producir un ataque en su sistema inmunológico. 

Con algo de tristeza cuenta que ahora, en sus días de descanso, no se puede dar el lujo de sacar a su esposa e hijo a pasear, a comerse un helado o una cena juntos. Entonces, la única opción que les queda para distraerse y afianzar los vínculos familiares es ponerse a ver una película con ellos. En sus días de asueto los únicos viajes que puede hacer van desde la sala hasta la cocina y desde allí hasta su cuarto. A juicio de él, la pandemia puede llegar a ser tan larga como las filas que hay en este momento en el almacén que vigila. 

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“De esto salimos rápido” 

Carlos Enrique Pineda tiene 58 años de vida, de los cuales lleva 20 como vigilante informal en el barrio Laureles de la capital quindiana. A diario viaja en bus desde su casa, en el barrio Pinares, hasta su sitio de labores, donde cumple un horario que empieza a las 6 a. m. y termina a las 6 p. m. Asegura que durante el trayecto usa tapabocas y guantes, porque es consciente de que el virus puede estar impregnado en una silla o en un baranda del automotor que lo moviliza. 

“¡Qué sea lo que Dios quiera!”, dice él cuando se le pregunta si tiene miedo de ser contagiado. Sin embargo, para evitarlo se lava con frecuencia las manos. Las calles que vigila están tan solas como don Carlos Enrique, quien no tiene esposa ni hijos, por lo que a diferencia del otro guarda, no siente temor de contagiar a sus allegados, pues vive como su entorno por estos días. Sin embargo, conoce los protocolos de desinfección y asegura que los aplica al llegar a su residencia. 

Revela que el contacto más cercano que por estos días tiene con la comunidad es para, a lo sumo, hacerle un mandado a algún habitante, como llevarle un domicilio de algunos de los restaurantes de la zona, que pululan, pero con las puertas cerradas muchos de ellos. Sus ganancias se han disminuido igual que las de don Carlos, quien asegura que ahora recibe un 50 % menos de lo que normalmente se ha ganado.

Pero él, con su pinta de paisano, augura que de esta contingencia salimos rápido con la ayuda de Dios.


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