Martes, 17 Sep,2019
Opinión / AGO 21 2016

La tragedia del Chocó

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

“…el Chocó ni siquiera tiene, por ejemplo, agua potable; la mayoría de los municipios no tienen acueducto, no hay vías, no hay garantías para la salud, las viviendas, están en pésimas condiciones. Todo esto ha hecho que la vida sea muy difícil y hasta se vuelva inhumana. Mientras que en otros territorios sí se vive en condiciones más dignas, aquí hay un atraso de unos 40 o 50 años.” (Monseñor Jesús Eduardo García Peláez, obispo de Istmina-Tadó, en declaraciones en el mes de septiembre de 2014). 

La naturaleza le dio al Chocó todo: platino, oro, selvas con maderas preciosas, ríos majestuosos como el Atrato. Después de la conquista de América, al comienzo de la etapa colonial, sirvió de refugio a los negros que lograban escapar de la esclavitud: para ellos fue el territorio de la libertad.

Después llegó la república de la Nueva Granada y habría debido comenzar una era de progreso en el Chocó. Pero nunca llegó.

Y con el paso del tiempo, el abandono por parte de las autoridades de Colombia, que gobernaban desde Bogotá, se acentuó. No hay que olvidar que Miguel Antonio Caro, presidente conservador durante la “Regeneración” (en las postrimerías del siglo XIX), fue el responsable principal, con el presidente José Manuel Marroquín, de la separación de Panamá. Caro se jactaba de no haber salido de la Sabana de Bogotá, y decía que en la tierra caliente no había sino paludismo y zancudos. Como quien dice, más allá de la Sabana, nada… 

Con razón se ha hablado siempre del centralismo bogotano. Y ahí tenemos el resultado: Bogotá, con ocho millones de habitantes, mal administrada, abandonadas sus calles, con el más alto índice de inseguridad, situación  que empeoró durante las tres últimas administraciones, las de Garzón, Moreno y Petro, todos del Polo Democrático Alternativo. Representantes de las supuestas izquierdas criollas, carentes de ideas y con los vicios de los politiqueros que se dicen liberales y conservadores.

Los efectos perversos del centralismo se han manifestado en todo el territorio nacional. Y ni siquiera se puede excluir a Bogotá, convertida, como ya se dijo en una ciudad gigantesca, llena de problemas, donde hay zonas –verdaderos focos de miseria-  por las cuales los conductores de taxi no se atreven a circular pasadas las seis de la tarde. 

Pero el departamento cuyos habitantes padecen más por el abandono del Estado, es el Chocó. Son elocuentes las palabras del mismo monseñor García: “Yo creo que los mismos chocoanos sienten que hay un gran abandono del Estado. Aquí la gente grita cuando gana la Selección Colombia, en Istmina también se celebran los goles de James; nos sentimos muy orgullosos de ser colombianos, pero sí lamentamos que el Gobierno no se sienta orgulloso de tener un territorio tan bello como el chocoano.”

Y las dijo hace un año, en Cali, no ahora cuando, empujados por la desesperación, agotada su paciencia, han comenzado un paro cívico, el más justo y respetable que Colombia ha presenciado en muchos años, por no decir en toda su historia.

¿Qué sigue ahora? Hay que distinguir entre lo que debería seguir, a la luz de la lógica y de principios elementales de administración pública, y lo que puede ocurrir realmente, habida cuenta de los antecedentes de casos semejantes.

Lo que tendría que seguir, sería el diálogo inmediato con los dirigentes del paro, que son gentes de bien, animadas por el afán de mejorar las condiciones de vida de los chocoanos, tanto de los indígenas, como de los descendientes de los africanos, y, en general, de todos los habitantes del Choco, sin distingos de raza, origen ni color.

Esos diálogos no dan espera, sencillamente porque cada día que pasa se erosiona la paciencia de las gentes, crece el malestar y empiezan a aparecer brotes de violencia. No tendría sentido que a las penurias de una población olvidada y maltratada, se sumaran  muertos,  causados por las fuerzas de policía, en refriegas con manifestantes.

Recuérdese lo que ocurrió en Duitama, cuando habían transcurrido más de cuarenta días del paro de los camioneros, que el presidente Santos y sus ministros pretendían ignorar, como si no existiera. Y lo que hace algunos años, en el primer mandato de Santos, aconteció con el paro agrario que originó aquella célebre pregunta: “¿Paro agrario? ¿Cuál paro agrario?”

¿Qué sucederá? Solamente Dios lo sabe. Pero, como Santos solamente es tolerante con los criminales de las Farc, no tendría nada de raro que se niegue a conversar con los dirigentes del paro mientras éste no se levante.

Y que eche mano de argumentos como el del Vicepresidente Germán Vargas Lleras, quien anoche (agosto 19) salió por televisión, y dijo que el Chocó no está olvidado, que se han firmado contratos por más de quinientos mil millones de pesos ($500.000.000.000,oo) para la construcción de carreteras 4-G que tendrán que ver con ese departamento, cuando se terminen. Aceptando, en gracia de discusión que así sea, ¿cómo alivian los padecimientos del pueblo chocoano esas obras?  No lo explicó el funcionario. 

Se dirá que el actual gobierno tiene una disculpa: antes también el Chocó estaba en el olvido.  Pero la disculpa no convence: Santos lleva seis años en el primer empleo de la Nación.  Y durante los dos años anteriores al 7 de agosto de 2010, colaboró, como Ministro de Defensa, en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Son ocho años. ¿No es un tiempo suficiente para ver un problema gigantesco como éste?

Ya veo la respuesta perfecta: con la paz que florecerá en virtud del Tratado Timochenko- Santos, la felicidad y la prosperidad llegarán al Choco, como por arte de magia: ¡en un santiamén!  ¡Inteligentísima excusa! Pero no me convence:

Yo, votaré NO, como millones de compatriotas, aunque el Presidente nos diga amigos de la guerra, apátridas, y todo los demás insultos imaginables.


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