Martes, 20 Ago,2019
Opinión / ENE 18 2019

La bobería de los tibios

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Hace pocos días, un grupo de colombianos aupado por la peregrina idea de una polarización política, se proclamó partidario de la tibieza ideológica, del centro del centro, de la mitad menos cero.

Aquí, cada vez que se disiente de las élites, o del crimen político, se acusa al divergente de polarizar el país. Qué tal.

En la pasada campaña política, el centro fue ocupado por el candidato Sergio Fajardo. Después de una solitaria campaña, en un primer momento se convirtió en una opción presidencial. Recuerdo que candidatos como Petro, en la fase inicial lo invitaron a un certamen de consulta para dirimir un postulado por el denominado centro y por la izquierda política.

A Fajardo no le interesó, y en ese momento dilapidó su oportunidad de ser presidente de la República. Su neutralidad frente al falso dilema de la polarización y su arrogancia, propia de los academicistas autosuficientes, pavimentó el burdo camino de la ultraderecha de Colombia a la Casa de Nariño.

La campaña de Fajardo —caballito de mar en las aguas saladas del sindicato antioqueño— naufragó en un océano de babas.

Sus posturas abstractas frente a la doctrina y prácticas uribistas, frente a sus anomalías y crímenes, su connivencia, y su desdén por las izquierdas democráticas —excepto por la encarnada por Robledo— y, en especial, sus boberías asépticas frente al mercado, al cambio climático, a la inequidad, a la injusticia social, llevaron al fracaso a un candidato inane, en ese momento.

Se diluyó en los debates, como un merengón en fauces de tiburones de agua dulce. Alguna vez, frente a las posturas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher se abrió paso en el mundo la teoría de la tercera vía de Tony Blair, un primer ministro británico que, al final, solo fue un comodín del neoliberalismo internacional y un consumado negociante, representante de monopolios. Además de cabildear por las finanzas de países árabes, también fue un delegado del banco de inversión norteamericano JP Morgan.

Su tibieza política era solo una fachada, un cascarón que enmascaraba a un hábil mercader de incautos y de las ilusiones del tercer mundo. 

Me causa sospecha y urticaria la tibieza de un conciudadano, de un contemporáneo, cuando de por medio está la pobreza extrema de un país como el nuestro que se muere por millares en el Chocó o en La Guajira; que se mata, sin compasión, en el Pacífico colombiano o en la comuna trece en Medellín; que fallece, olvidado, en los andenes de los hospitales y frente a las cajas registradoras de las empresas prestadoras de servicios de salud, y que se asombra, todos los días, ante la impunidad reinante para los corruptos en el aparato de justicia.

No se puede ser neutral, ni ecléctico, ni difuso, ni tibio, por ejemplo, con las causas primeras de la muerte violenta y sistemática de nuestros líderes sociales, asesinados en las veredas y en la provincia. No. Esa tibieza, militante de ninguna parte, de la nada gaseosa, es solo una manera fácil de no comprometerse con el debate democrático, argumentativo, de cómo crear un proyecto histórico y común para la nación.

Suficiente tuvimos con una larga Patria Boba, entre 1810 y 1816 —o de un Frente Nacional, entre 1956 hasta 1974— que nos sepultó bajo la medianía de la repartición, entre las élites criollas, de una torta envenenada. 


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