Martes, 15 Oct,2019
Opinión / MAY 24 2019

Un gobierno bipolar

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El país, en su mayoría, muerde la incertidumbre con el presidente Iván Duque. No lo entiende, en particular cuando dice una cosa y hace otra: su discurso de unión es solo un lema.

Dijo, después de ser elegido por una especie de Frente Nacional, ampliado con las iglesias cristianas, que su destino era unir a la nación, y sus palabras y acciones hoy deconstruyen la institucionalidad y desdicen de su respeto a las cortes de justicia y al mismo Congreso, al que intenta dividir en sus jerarquías internas. Así lo intentó con Cambio Radical y sus fuerzas de la Costa Atlántica.

Habló de hacer un gobierno moderno, basado en los lenguajes de las tecnocracias, y sus ministros andan perdidos en la incógnita del desgobierno, en tanto la economía, al mayor y al detal, parece una ballena encallada en el arenisco de las ambigüedades. 

Sus ministros nada le dicen al país, excepto el locuaz canciller de la República que nos lleva de tumbo en tumbo. 

Fracasó en la región con su cacareado cerco diplomático a Maduro, el dictador venezolano, porque olvidó lo más importante de la política internacional de esta época: que Venezuela, como Nicaragua y Ecuador, conforma la pica en Flandes de China y Rusia en los terrenos de la anquilosada democracia americana. El pulso en Venezuela no es con un estulto y sanguinario tirano como Maduro; es con los intereses, que van más allá del petróleo, de Putin.

Al seguir con sumisión la diplomacia de cowboy de Trump, cuyo sinsentido lleva al despeñadero a Estados Unidos, nos conduce a un escenario peor: la renarcotización de la agenda con los norteamericanos, con lo que damos un paso atrás de tres decenios. 

Devolvernos a la discusión de las favorabilidades de la extradición es un refrito, del que solo nos queda el sinsabor de entender que el gobierno de Estados Unidos negocia en dólares con los extraditados, les rebaja penas en oferta y, después, pasados unos meses, nos los devuelve a Colombia. La extradición es la nueva caja registradora de nuestros ‘aliados’.

Duque mandó un mensaje de guerra a medio país, con las objeciones a la ley estatutaria a la Justicia Especial para la Paz. Incitó una polarización que desune a la nación, enmaraña las labores de gobierno y le insufla aire al ala dura de su partido para continuar, en un proselitismo infinito, su política de odio y venganza.

Sus ministros de Defensa e Interior, ambos voceros del uribismo pura sangre, desconocen a los líderes sociales, y no pueden ni saben cómo relacionarse con la sociedad civil que no representan. 

El presidente Iván Duque anda perdido en el bosque de sus dubitaciones. Decir que desprecia las prácticas corruptas y salir a apoyar al ex fiscal Néstor Humberto Martínez, lo hace prisionero de un viejo país que las nuevas generaciones repudian y que, como ya se lo demostraron con el paro estudiantil, están dispuestas a confrontar en las calles. 

La amenaza no es castrochavista o de los mamertos, es, en especial, de sus propios adláteres, quienes lo conducen al abismo del desgobierno y de la pérdida de apoyo popular.

El presidente Duque no ha encontrado a los siete enanos de su economía naranja y, desconcertado, ya no sabe quién es él mismo. Vive una crisis de identidad. Su bipolaridad nos confronta con los fantasmas de una larga noche.

 


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