Martes, 15 Oct,2019
Opinión / AGO 01 2019

Cielos ajenos

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Tarde de jueves. 25 de julio. Carrera 14 con 20. Los vendedores de Tintos El Gordo —carritos verdes— comparten la esquina con los de Café Cócora. Un señor —panza prominente, cabello cenizo— va de un lado para el otro: lleva puestas una raída camisa de la campaña presidencial de Duque y una gorra del Centro Democrático. A pocos metros una anciana luce el disfraz de revolucionaria sesentera: boina con la roja estrella y gabán negro. 

La plaza Bolívar de Armenia sirve de cancha de futbol para los vástagos de los lustrabotas, de los minuteros: la pelota de trapo pasa cerca de los oficinistas, apenas perturba el desfile de las señoras rumbo a la catedral. El murmullo nos cubre —mil bocas se abren, se cierran: cuentan chismes, engañan, maldicen, seducen, prometen, bendicen—. En él la oreja hábil detecta la cadencia venezolana. Camino hacia el parque Sucre. El reloj del Gran Vía informa a nadie la hora. Un par de estatuas, en la cuadra del IBG, compiten por las fotos de los turistas: la del arriero descolorido vapulea a la de la equilibrista en un enorme grano de Café. 

Cantantes invidentes —de variable tono y amplio repertorio— se apostan en mitad del paseo peatonal. No juntos: entre uno y el siguiente hay al menos cincuenta pasos. Un dúo de guitarreros —los restos del grupo de Ratón— rasga las melodías del Caballero Gaucho, Óscar Agudelo, Olimpo Cárdenas. Pasan, raudas, colegialas de falda corta, blusas blancas, tatuajes torpes. Los casinos y las cafeterías vomitan pensionados: sus rostros son los estragos de una vida larga, de un naufragio lento. En este trajín no atisbo consuelo ni alegría. Me detengo: me intriga un cantor afro de música cristiana ¿Y si en la cruz está el alivio?, ¿Y si en la ermita del guadual habitan el sentido, la paz? Dejo en su cachucha, tirada bocarriba, un ajado Gaitán. Con las manos en los bolsillos del jean miro las vitrinas del calvario de Laura Jojoa.

Llego a las placas conmemorativas de María Teresa Hincapié y Carmelina Soto, cobijadas por la sombra del dios de hojas y pájaros. El parque Sucre —con su sucio estanque, jíbaros al acecho y mendigos presos de los espejismos del pegante y el bazuco— es la meta de una caminata sin el lirismo psiquiátrico de Walser ni el sutil encanto de una urbe coqueta, bañada por el sol. Una montaña de manzanas y peras es subastada desde una camioneta aparcada frente a la discoteca arcoíris.

Armenia es la carta del suicida, escrita con impericia. Aquí crece la nostalgia del hogar: el cadáver del abuelo, el amor en vilo. En este lager la salvación irrumpe en las líneas de un poema memorizado a medias, en el grito del espíritu mordido por el cáncer. El frenesí de los dedos sobre el teclado amordaza la conciencia, encona el dolor. Ni la risa de los amigos disipa la gruesa, pegajosa mediocridad. El niño que fui se pudre en las cañadas de este pueblo. Acá no hay alternativa: o la huida o la derrota. La historia entre nosotros se encarna en el filo del hacha, en la corteza del árbol muerto.


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