Sabado, 19 Oct,2019
Opinión / AGO 02 2019

Calarcá profunda 2

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Poco a poco la anomalía se vuelve paisaje. Aceptamos la amenaza externa o la tos irregular como parte de un ecosistema que nos atañe y condiciona. Volvemos el populismo una forma de asistencialismo propio, entrañable, que mantiene la realidad inalterada.

Los calarqueños, los colombianos, nos fuimos acostumbrando a la fealdad de nuestras almas. Al odio rezumado en las noticias del televisor, en los brotes racistas en una esquina, en el matoneo del aula escolar y al egoísmo feroz de entendernos como sujetos sin deberes de grupo. Algunos de nosotros, negligentes con los otros, sacamos a nuestros perros a la calle a depositar los residuos de la indiferencia.

El escritor Umberto Senegal me contaba alguna vez de los gritos desgarrados que escuchaba a las afueras de su casa, en su barrio. Tal vez la gente pedía una bolsa de alucinógenos, a todo pulmón, o tal vez clamaba por un poco de dulzura. Después del sismo de 1999 nos fuimos acostumbrando a que nos miraran con cierta condescendencia o a que nos incluyeran en la lista de un subsidio: nos habituamos, en mucho, a vivir de la caridad pública, de un programa como Familias en Acción que es el perverso mecanismo para mantener a raya el desespero de los pobres en los barrios periféricos.

Calarcá, profunda, es como un vaso roto. Sus pedazos relucen de cara al sol o se entierran en la planta de los pies en la noche, cuando ejércitos de niños, enajenados, buscan mitigar su hambre de esperanza. 

El populismo abusa de nuestros defectos. Se solaza con nuestra mano pedigüeña. 

Dice el Dane, en sus fichas de dominó, que mientras el ingreso per cápita en Calarcá asciende a 644.000 pesos, las operaciones de ingresos promedios en el país son mayores a 1.528.000 pesos: un duro contraste. Nuestra situación social es cada día peor si miramos esa dinámica económica o si observamos las afugias de nuestra gente en las calles: sobrevivencia pura.

Volver a reunirnos alrededor de una idea común nos haría viables como sociedad organizada. La recuperación de nuestros colegios como centros de cultura juvenil nos haría más alegres y deliberativos. El Dane, esa entidad que manosean sin reato alguno, manifiesta que de 100 puntos en las pruebas Saber, Calarcá solo registra el 49.67 en matemáticas y un 53.28 en lectura crítica, con lo que nos pone en la medianía del todo está por restituir.

Acaban de inscribirse cuatro candidatos a la alcaldía del municipio. Dos de ellos, Sebastián Ramos Velasco y Gonzalo García Rivera, con independencia de sus partidos, representan por su formación académica y por su experiencia, una oportunidad colectiva. 

Los otros dos —dos buenas personas, dos políticos equivocados— simbolizan ese neopopulismo local que destruye a las entidades territoriales. Uno, el abogado Balsero, es el candidato de la actual alcaldesa Yenny Alexandra Trujillo y de John Byron Cohecha, un exalcalde de ingrato recuerdo para todos.

El otro, Fernando Moncada, no tiene experiencia administrativa y sus alcances son limitados. Acude el querido Fernando al burdo populismo de la conmiseración a cuotas.

El país entero, después de lo ocurrido con Duque, el inexperto, con Fajardo, el insulso y débil, y con Petro, el personalista, el mesías de izquierda, no sabe qué camino coger, qué pensar.

Nos queda el solar para sembrar guayabos. Nos queda un libro para volar. Y nos queda el voto para reemprender un camino.

 


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