Opinión / ENE 11 2012

¡Carajo, todo el mundo a descubrirse!

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En la voz del poeta percibí molestia: están moviendo los restos de Vidales. Acabo de verlo a mi paso por la casa de la cultura. Buen tema para investigar. Si, compartí su pálpito; en ocasiones un instinto fino activa alarmas: tras un hecho en apariencia intrascendente, una historia para ser sabida y contada; razón de más si transcurre la última semana de una administración municipal en irresponsable despedida. Aquí el resultado de las pesquisas.

Es inminente la llegada de otra urna cineraria al panteón cultural de la Villa, área de ingreso a la casa de la cultura, donde aún no hallan reposo los despojos de Luis Vidales; en 1926 pulsó timbres despertadores en la poesía colombiana. ¿Serán acaso las cenizas de Humberto Jaramillo Ángel? Por desacato al acuerdo del concejo municipal la edificación no lleva su nombre; ¿de su hermano Rodolfo?, ¿de Bernardo Palacio o Nelson Osorio?, ¿quizá de un artista plástico, músico o gestor? Debió ser personaje cultural de primera línea si al mentado pero poco leído poeta y a su escudero Javier Huérfano los relegaron al extremo oculto del diminuto jardín cementerio. Las losas con sus nombres y algún verso quedaron de cara al muro donde solo prolijos visitantes podrán leerlas; una figura de bronce alusiva a la danza clásica sobre pedestal de mármol, ahora objeto de desvelo y alerta para los celadores del edificio, se ubicó en el centro del espacio como separador de estratos funerarios. No, ninguno de los anteriores.

Antes de satisfacer curiosidades, evoqué a saltos los destinos, fugaces unos, otros prolongados, de Luis Vidales Jaramillo en su sacudida existencia: nacimiento y primera infancia en Calarcá cordillerana “La aldea se llamaba Calarcá en la escritura del pecho del niño de tres años…”, el temprano traslado de la familia a Honda, sus estudios en Bogotá, Colegio del Rosario; en París, La Sorbona, Academia de Altos Estudios; diplomático en Génova, Italia; de nuevo el amado París.

Regreso a Bogotá, presencia frecuente en las tertulias del café Windsor, sede bohemia del Grupo de los Nuevos; celebrado por Luis Tejada con la exclamación título de esta columna; publicó Suenan Timbres con estruendo de cañón en la literatura continental, e integró el grupo fundador del Partido Comunista Colombiano, incendio del periódico Tierra, donde colaboraba; correrías de agitación y proselitismo por Boyacá, Tolima, Huila, Viejo Caldas; detenciones y cárcel en innumerables ocasiones, exilio familiar durante años en Chile, tras el Bogotazo. Retorno a Bogotá; dirigió la oficina de estadísticas nacionales (hoy Dane), viaje a Moscú para recibir el premio Lenin de la Paz; vejámenes y maltratos en la afrentosa visita a los calabozos del estatuto de seguridad Turbay-Camacho Leyva, cuando ya anciano solo representaba peligro para la estulticia uniformada. Tras su muerte, en 1990, legada a la inteligencia del mundo una obra poética de vigente vanguardia en nueve libros, el olvido, el desprecio por sus restos, finalmente custodiados y entregados a su municipio de nacimiento, a despecho de los descendientes, por Javier Huérfano.

Unos metros más allá, maestro por favor, córrase, ceda el sitio asignado para su descanso a la figura paradigmática de la cultura calarqueña, ante cuyo nombre el suyo palidece; campeona local de la política, blanco de balas anónimas hace ya 18 años; promotora del edificio construido y mantenido durante décadas con fondos públicos administrados bajo su personal tutela; cacica caciqueña de incontables logros y merecimientos, compensados mediante contratos y cuotas burocráticas para ella, para familia y amigos, por altos jerarcas de su partido; parlamentaria durante cuatro periodos, despojada de su investidura, justo por presidir —fintas éticas e irónicas—, la junta directiva de la fundación, propietaria entonces del inmueble donde tendrá final sosiego. A un lado, maestro. Política mata cultura.

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