Opinión / SEP 12 2014

¿Por qué huyó León Tolstoi?

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En la oscuridad de la madrugada de octubre, un hombre de ochenta y dos años palpa en la penumbra las pocas cosas que llevará en su huida. La inminencia de la fuga asediaba a los miembros de su familia, pero nadie estaba enterado ni del momento ni del día. El anciano deja la cama sin que su esposa lo advierta. Duermen en cuartos separados. Y para que no lo delaten sus movimientos, el viejo ha cerrado su puerta y la del cuarto de la mujer que duerme. Sofía lo acompaña hace 48 años.

Le dio 13 hijos, reescribió para él de su puño y letra 1.300 páginas de una novela sin igual: Guerra y paz. Sofía sabrá por interpuesta persona, que su esposo León Tolstoi abandonó Iasnaya Poliana. El señor de barbas blancas que cosía sus propias botas para sentirse un campesino; que deja su propiedad, sus libros, sus hijas. Va con su médico que comparte el secreto de la huida. En el tren de tercera clase pasado por humo de cigarrillo, repleto de bultos, hacinado de pasajeros sudorosos, va el hombre de Rusia que escribió la historia de Anna Karenina. 

¿Por qué huyó del paraíso donde disfrutó los días de verano sin fin de Rusia, la estepa florecida, los cuartos donde fue feliz criando a sus hijos, escribiendo novelas ejemplares, predicando la no resistencia al mal y cuestionando la civilización que consideraba extraviada en palabras y en rituales postizos, y seducida por la fantasmagoría de la propiedad? ¿De qué o de quién huía? Muchos de sus personajes un día deciden huir sin aparente razón. Cuando inicia la última etapa de su vida había recorrido un largo camino.

Tenía un exacto sentido de la palabra ajustada a lo real, pues no partía de la ficción y el lenguaje como otros que ahora repiten como loros. Al contrario, desde los hechos ajustados a las palabras para hacerlas imprescindibles. Creó novelas que como Guerra y Paz nos dan la sensación de ser iniciado con frases y terminar implicado en un mundo tangible. Uno puede tocar, oler, pensar, trasladarse, dudar, ver, con la impresión de pasar la mano por lugares y personajes que Tolstoi recrea. 

La sensorialidad de Tolstoi narrador recupera el detalle, el gesto psicológico, y al mismo tiempo, la memoria del tiempo transcurrido. Su arte es tal que uno llega a sentirlo fantástico. En el principio de una auténtica obra de arte debe haber un nuevo pensamiento, una emoción sin precedentes, pero deben ser expresados con una subordinación total a los más mínimos detalles de la vida. Tolstoi entrega a su lector las claves emocionales de una memoria realista que te hace pensar: Soy otro después de leerlo.

¿Para qué la civilización técnica si no somos mejores? ¿Cuánta tierra necesita un hombre para morir? ¿Las palabras inventan un engaño? ¿Los ceremoniales son una manera de distraer de lo esencial? No hay que resistirse a la violencia. 

En su última etapa, el novelista reniega de su arte. El autor del inolvidable comienzo de Anna Karenina: Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz es desgraciada a su manera, se volcará a una filosofía crítica. Se vuelve un personaje incómodo e idolatrado. La iglesia ortodoxa expide un anatema contra Tolstoi. Para otros es una suerte de profeta. 

Él se dedica en Iasnaya Poliana a difundir su pedagogía, escribe volúmenes de cuentos para niños, convencido de que las lecturas adecuadas y la educación son esenciales para formar seres humanos auténticos y creadores. Y lo acompaña la reflexión sobre el sentido existencial de la muerte. Todos los pensamientos sobre la muerte son necesarios para la vida.

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