Opinión / AGO 02 2020

Anécdota del ascensor

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En 1981 inicié en El Espectador la columna Humor a la quindiana, así bautizada por el periódico luego de publicar varios de mis textos de ese estilo. Para que el humor tenga audiencia se requieren amenidad y fina ironía, sin ocultar ni disfrazar la verdad. Es un recurso de noble estirpe que sirve para divertir y opinar, no para ofender. 

Hoy traigo a cuento el siguiente suceso, simple en apariencia y muy significativo en una personalidad política, que he tenido en reserva durante 37 años. En 1982 fue publicado por El Espectador mi artículo Ritmo de baile, que se refería a la condición de bailarín exhibida por Julio César Turbay en su mandato presidencial. Artículo que fue motivado por estas palabras suyas dirigidas a sus críticos: “Al país le gustaría bailar otros cuatro años conmigo. Lo que pasa es que son unos envidiosos porque yo sí sé bailar”.

Una dama de Armenia, furiosa por lo que  había ocurrido en el Club Campestre de la ciudad, anotó que no todo debía ser baile. A ese episodio se sumaban los escándalos provocados por sus bailes fuera de tono en Cúcuta, Ibagué, Cartagena, Tunja, Pasto…

En aquel entonces residía yo en Armenia como gerente de la oficina del Banco Popular. Al leer mi nota, un importante amigo bogotano me manifestó que había gozado con el escrito, pero le daba temor por lo que pudiera ocurrirme, ya que Iván Duque Escobar, presidente recién posesionado del Banco Popular y padre del actual presidente de la República, era turbayista ‘triple A’. Su admiración por Turbay se le volvió verdadera pasión. 

En 1983 me trasladé a Bogotá, donde pensaba coronar mi larga carrera bancaria. Un par de meses después de ejercer mi nuevo cargo en la casa matriz del banco, me surgió la idea de pedir una cita con el presidente de la entidad. Quería conocerlo, tratarlo, oírlo hablar y quizás apreciar su actitud frente a mi artículo sobre su ídolo político. La secretaria, que me había dicho que su jefe recibía con facilidad a los funcionarios, instantes después me informó que no podía hacerlo en ese momento. Y me ofreció llamarme más tarde para confirmarme la cita. Esa entrevista nunca se realizó.  

Cuando pasé frente a su despacho, Duque Escobar me observó con ojos penetrantes, sin la menor muestra de amabilidad. Estaba claro que no quería hablar conmigo. Dos años después se retiró de la institución. Una extraña circunstancia me llevó, días después, a encontrarme con él en la entrada del ascensor del mismo banco que conducía a la torre comercial del edificio. Yo estaba en la puerta del ascensor, cuando vi que un señor apuraba el paso para no quedarse afuera. En manos mías estaba el dejar que la puerta se cerrara, o accionar el mecanismo para que se detuviera. Hice esto último, y el transeúnte me miró con gesto afable y me dijo: “Gracias, caballero”. 

Era Iván Duque Escobar. Sin duda, me había reconocido. Me acordé de su postura adusta y castigadora el día que no quiso recibirme en su despacho. Ahora, como simples ciudadanos, íbamos hombro a hombro en el ascensor colmado de gente. Yo percibía su deseo de dialogar. Para evitarlo —cuando ya no necesitaba la entrevista— y corresponder a su mutismo del otro día, abrí el periódico que llevaba en la mano. Al llegar a su piso, se dirigió a mí y se despidió con las mismas palabras efusivas que antes había pronunciado: “Gracias, caballero”.

 

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