Lunes, 16 Sep,2019
Opinión / JUN 13 2019

Aquel 13 de junio

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Laureano Gómez, fuerte opositor de los gobiernos liberales entre 1930 y 1946, fue elegido Presidente de Colombia en 1950. El triunfo de aquel sectario orador, se dio luego de una campaña ensombrecida por la violencia. Los liberales, por falta de garantías y la represión desatada por el régimen conservador de Mariano Ospina Pérez, abandonaron la contienda electoral.

Antes de terminar su mandato, Ospina promovió al grado de general a Gustavo Rojas Pinilla quien asumió la jefatura de Estado Mayor. En 1951 fue nombrado comandante general de las Fuerzas Militares. Gómez, quien desconfiaba del general por su ascendencia en la opinión y el liderazgo ante las tropas, quiso sacarlo del escenario público. De esta forma, pese a su jerarquía, fue destinado a la Junta Interamericana de Defensa con sede en Washington.

A finales de octubre de 1951, Gómez sufrió un percance que lo incapacitó para ejercer la presidencia delegando sus funciones en Roberto Urdaneta Arbeláez. Eran tiempos de creciente descontento y mordaza a la prensa liberal, al extremo de incendiar sus imprentas en 1952. 

El general Rojas regresó al país, por orden de Urdaneta, siendo restituido como comandante general. Esto molestó al presidente titular, quien buscó relevarlo a como diera lugar. En mayo de 1953, en medio de un banquete, Rojas ofreció el respaldo de las Fuerzas Militares al presidente encargado.

El sábado 13 de junio, Laureano Gómez, en medio de una gran crisis, reasumió la presidencia ordenando la destitución del general. En esos ires y venires, imposibles de detallar en este breve espacio, se presentó un vacío de poder. Al punto que ese día, Colombia tuvo tres presidentes. 

Laureano, inexplicablemente, desapareció. Los militares le insistieron entonces a Urdaneta para que asumiera el cargo como presidente, pero este se negó. El general Rojas, sin que fuera su deseo, asumió el poder en medio de un clima de violencia y descomposición social. Pocas personas fueron testigos de ese proceso político y militar que inició en la mañana y concluyó a media noche. Al final, no cayó una sola gota de sangre. 

¿Cómo fue, pese a sus yerros, el gobierno del general Rojas? Decía el político liberal Carlos Lemos Simmonds: “[…] no fue peor que los tres presidentes que lo antecedieron, Gómez, Ospina y Urdaneta. No fue él, ciertamente, quien clausuró el Congreso, ni quien convocó una constituyente de corte fascista, ni quien le cerró a sangre y fuego toda posibilidad de expresión a la fuerza mayoritaria del país”.

Razones tiene el escritor Jorge Serpa Erazo, al referirse al injusto juicio sobre ese periodo de gobierno: “Ningún presidente colombiano del siglo XX, como Rojas Pinilla, de un momento a otro pasó de la gloria a la ignominia, conoció la adulación en el poder y sufrió la inmolación injusta de la calumnia a su retiro”.


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