Opinión / AGO 12 2020

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La conjura contra la democracia colombiana, contra sus instituciones, contra el más férreo defensor del país frente a la amenaza de la subversión narcoterrorista, obtiene su logro mayor, tras la medida restrictiva de su libertad —en la práctica condena anticipada— de Álvaro Uribe Vélez. 

La progresiva toma de posiciones de la izquierda política en sectores proclives a su influjo, entre estos la rama judicial, se remonta medio siglo atrás, cuando el adoctrinamiento ideológico en las aulas universitarias, por obvia extensión en la generalidad del sistema educativo, al calor del triunfo de los Castro en Cuba, del auge subversivo en América Latina, del apogeo rojo en la China de Mao, de la aparente consolidación de la URSS bajo régimen comunista y del atribulado nacimiento político de excolonias africanas, se hizo patente en nuestros predios. Todas, incluyendo el paredón totalitario en la patria de Martí, experiencias fallidas, luctuosas; vergonzosos capítulos del pasado, desconocidos por nuestra muchachada actual. 

Se interpretan los sostenidos ataques contra el expresidente, desde múltiples flancos, como producto de inquinas, del odio que engendra su talante recio, frentero; de mezquinas envidias, vistos sus éxitos de gobernante y funcionario, de galardonado miembro del Congreso, desempeños donde desplegó siempre su enorme talento, aguda inteligencia, proverbial disciplina; o por la aceptación popular, por el liderazgo político que, pese a los continuos ataques de enemigos y contradictores, aún conserva.

No obstante, escapa a los observadores un hecho que de sutil nada tiene. A esta altura, tras más de una década de persecución judicial contra el entorno uribista y condescendencia hacia el narcoterror, es claro que los tribunales han trocado a orgánicos de la izquierda extrema y se suman con sus decisiones a la estrategia erosiva, demoledora, de  las libertades. La consigna de ‘todas las formas de lucha’ cobra tétrica vigencia en estas coordenadas. 

No lograron Jojoy, Reyes, Tirofijo, irrumpir en la Casa de Nariño disparando; no pudieron abatir a Uribe con misiles o proyectiles de larga distancia. No, finalmente han encargado al aparato judicial la tarea de eliminarlo moralmente, como paso sustituto o complementario al confinamiento indefinido, para cumplir sus miserables propósitos. El objetivo final, desde luego, no es él, es Colombia. 

Que se cuenten por millones quienes se alegren de esta calamidad, nada extraña. Si los trabajadores de la salud, en medio de la emergencia que vivimos, obtienen de algunos aplausos, justo reconocimiento, mientras de otros, agresiones y amenazas por su presencia entre la comunidad; si la fuerza pública es para la mayoría de colombianos garantía de seguridad, mientras para otros son presencia ominosa; si un deportista de clase mundial como James Rodríguez, ayer aplaudido, adulado, por sus goles de fantasía, hoy recibe escupitajos de sectores de la prensa por no contarse entre los convocados por Zidane, todo puede suceder en este reino de ingratitudes y desmemoria.


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