Opinión / AGO 29 2014

Circo y nada más

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No siempre uno va al circo para que lo engañen. Mañas de cirquero o trucos baratos de circo. También acostumbramos decir: ‘Eso era un circo’. Algunos recuerdan de su infancia los leones envejecidos y los payasos que repetían el mismo chiste malo. O las carpas rotas con ilusionistas que cambiaban su condición de desempleados por la de artistas. A veces salía un mago con lentejuelas opacas que sorprendía con una ilusión fantástica. Los osos podían tener muchos años, los mismos de la acróbata, tan vieja como la carpa.
El mago había sido un carnicero que cambió el cuchillo deshuesador por el cubilete. Pero no hay duda: Ellos amaban el espectáculo, la vida sin circo es triste. Un hombre que dedica su vida a tragarse una espada merece nuestro respeto, le da vuelo a lo cotidiano. La inteligencia y la destreza corporal no deben aplicarse solo al trabajo. Conversar con papagayos, hacerlos volar mientras suena una marcha de ópera. Ahí estamos en otra dimensión.

En el circo de Pekín cinco mujeres lo miran a uno desde los hombros de quienes las sostienen. Llevan en las manos y los pies, en los veinte dedos, veinte platos que giran. Sostienen el equilibrio al mismo tiempo firmes y en movimiento. Los platos van a alta velocidad y ellas conservan la compostura paradas sobre otras cirqueras. Todo pasa como un sueño con personajes de hueso, tendones y piel.

Una cabra blanca traída de no se sabe qué lejanías, sube por una escalera de mentiras. Se detiene unos minutos sobre un balde tan pequeño como un disco. Cuatro pezuñas, un tronco blanco como el interior de una guanábana. La cabra ni suspira. Los espectadores contienen la respiración mientras la cabra montañera de la China pasa por una cuerda extendida de cincuenta metros, arriba sobre la arena del circo. Una mujer habla en chino a la cabra que entiende el idioma de los ideogramas. El circo es un misterio de la imaginación.

Chejov escribió un bello cuento sobre la mascota vagabunda Kashtanka, sobre lo que experimentaba mientras la entrenaban para su número. ¿Cuál es el lenguaje compartido entre un animal, su entrenador y los espectadores? No hay palabras. Solo una sensación de belleza y destreza que es visible e irreal: El circo.

En la China es un arte milenario. Se guarda como un secreto conocido por pocos, la forma como doblan el cuerpo las acróbatas que ponen la cabeza entre los muslos paradas sobre las manos. Uno no sabe de dónde sale la cabeza ni por qué la columna se estira como un caucho amazónico. Y no es cuento chino. Un arte inútil que resulta mejor que leer a Kant o a Hegel, pero que da imágenes por las que los espectadores van cada tarde que se repite ya cientos de años.

Hace poco el circo de Rusia cumplió 95 años y solo el año anterior tuvo catorce millones de espectadores en todo el territorio del país. Es un mundo raro, aparte. Dentro del circo nacieron 58 tigres y 12 leones. Y uno de los números que deja en vilo a los espectadores es el de los papagayos argentinos, guiados por una mujer tan paciente como una psicoanalista. Y más hermosa.

Los pájaros entre la luz dorada de los reflectores en la oscuridad total de la carpa, vuelan y juegan al basquetbol. He escrito sobre la imaginación que hay en una carpa, pero me doy cuenta de que un circo es inútil, hermoso e inexplicable. No pasa de moda, mucho más ahora cuando la sociedad del espectáculo virtual es una mentira. La única realidad es el circo, el de verdad.

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