Lunes, 23 Sep,2019
Opinión / SEP 12 2019

De oídor a escuchador

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Día mundial de la Prevención del Suicidio. Una conmemoración que no pasará desapercibida, porque todos estamos comprometidos con la no ocurrencia de la muerte autoinfligida.

Lo triste de esta conmemoración es que se convierte en un hecho efímero, porque es solo un día de acción. ¿Y los 364 días restantes del año? Son fechas para lamentar o para pregonar actos por la vida. Actos vacíos y de ocasión, porque hay algo más latente, de lo cual no nos percatamos, pues —aunque es evitable— lamentablemente es imparable. Se trata del intento de suicidio.

Llama la atención el grado del despliegue periodístico de un intento de suicidio. No es una información nutrida y su recepción no pasa de ser una nota más en las columnas del periódico, tan pequeña como la importancia que debería tener ello en las campañas de promoción de la vida. Porque el acto consumado es tan grave como el proceso lento de un camino hacia producirse la muerte. Ambos se pueden prevenir, aunque es más efectivo parar al potencial suicida en el camino pedregoso de su pensado destino.

Nuestras respuestas colectivas ante el suicidio y el intento de suicidio son bien diferentes, como contradictorias. Si miramos el registro de un suicidio, el nivel de recepción sensacionalista es inmenso; los medios tecnológicos se ponen al orden del espectáculo mortífero y ello se convierte en la noticia del día. Cuando se trata de un intento de suicidio, el nivel de información es solo un registro fugaz; ello no es motivo de interés mediático.

Lamentable diferencia de percepción. Hace un mes, en Filandia, un hombre puso fin a sus días ahorcándose dentro de su casa. Lo más censurable es que la noche anterior fue desintoxicado en el hospital local, luego del intento de suicidio por envenenamiento.

¿Dónde y en qué grado están nuestras respuestas ante semejantes hechos de descomposición social? Son nulas nuestras reacciones, porque también son ausentes nuestras condiciones de comprender el estado del otro. También en Filandia, hace meses, un joven paciente siquiátrico se suicidó al interior del hospital mental.

La prevención del suicidio —o la no generación de más intentos de suicidio— son elementos de urgente instauración en nuestras sociedades. De algo adolecemos los integrantes de ellas, que además son mortíferas, porque matan y hacen morir. No escuchamos ni queremos escuchar. Más bien oímos, o creemos oír, cuando, mientras tanto tapamos nuestros oídos con los dispositivos para dejarnos invadir con los tonos de la música de nuestro celular, cuando deberíamos estar atentos a los sonidos de nuestro entorno. Cuando viajamos en un bus urbano, por ejemplo, la mayoría de pasajeros son autómatas del sonido y astronautas de la imagen, porque no vamos en dirección, nos llevan a la dirección del amo electrónico que conduce nuestro cerebro. El casco del astronauta es reemplazado por los cables conectados a un pequeño y rectangular moderador de la conducta humana. Hasta los niños han caído en esa dependencia absurda.

Cuando yo tenía 17 años, sin celular concebido y creado, pero sí con la magia de la música del tocadiscos que nos invadía el cerebro y la acción, un amigo mayor, él de 19 años, me invitaba en un bar de Armenia a escuchar la música de protesta de Pablus Gallinazus. Se respetaba la prohibición, imperante hoy, de brindarle licor a los menores de edad. Mientras él se embriagaba con cerveza, yo sorbía lentamente la gaseosa de ocasión.

Luego de muchos encuentros, yo entendí que él requería de alguien que lo escuchara, más que una compañía de tragos o diversión. Para entonces yo asumía –todavía lo soy– mi papel de “paño de lágrimas” de quienes nos cuentan sus cuitas y desgracias. Solo en la charla en la que más lloró a borbotones, ante una pregunta mía, comprendí el motivo de su reiterado embriagamiento. “¿Por qué te emborrachas?” La canción de Pablus Gallinazus dejaba escuchar la voz femenina, la de Rosita.

“Rosita es el motivo de mi tristeza”, contestó “Quién es Rosita?”, pregunté otra vez. Aumentó su llanto, mientras se desahogaba de múltiples sentimientos. Rabia, desamor y desprecio por la vida, que quería ahogar en el alcohol. Su pareja, Rosita lo había defraudado. Me contó que —algo desaprobado en los años setentas— ella era un transgénero, cuya condición había acabado de descubrir.

En una sociedad machista de entonces, el hecho de haber servido de escuchador de un amigo, en momentos tan difíciles, lo salvó a él de una situación de potencial suicidio, como me lo manifestó en alguna ocasión, tres décadas después, cuando recordamos aquellos hechos de la cotidianidad.

Escuchador y no oídor. Porque esto último, como ocurría en la época de la Colonia y de la Real Audiencia, era simplemente el papel de oír para juzgar severamente. Lo cierto es que el escuchador es quien escucha con retribución y, como lo asevera un antropólogo del tema de la muerte, quien intenta suicidarse “espera que se le escuche con benevolencia, entendiendo que ello significa que no va a ser juzgado por sus actos”. (Louis Vincent Thomas – Antropología de la muerte, 1978)

 

Roberto Restrepo Ramírez


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