Opinión / SEP 17 2020

Del riesgo al infierno

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Un ciudadano con síntomas asociados a la Covid-19, después de agotar los protocolos desde el 5 de septiembre: Coronapp, EPS, reporte, espera en casa y resultado de las pruebas, decide vivir el proceso de atención de urgencias en la IPS autorizada por la Nueva EPS: Clínica de la Sagrada Familia de Armenia. No fue posible una cita prioritaria por la Nueva EPS.

El paciente llega a la puerta de urgencias a las 10 de la mañana, inmediatamente se le indica buscar un sitio afuera y esperar en la carpa azul 4 x 4 ubicada en el parqueadero de ambulancias. Dentro de la carpa hay 4 personas que ocupan las sillas de plástico reservadas para los primeros aislados. El ciudadano busca y se ubica en un sitio donde puede conservar la distancia social, mientras el portero con ojo vigilante, está atento a que el recién llegado y todos los presentes no se integren con otros pacientes no respiratorios de urgencias. 

Como no hay sitio dentro del campamento, el ciudadano encuentra cuatro pacientes itinerantes más, sin sitio alguno, rotando de una pared a otra buscando donde poder recostar el cuerpo. Entre ellos una mujer de 38 años que apenas se sostenía, alguien le pasa una bolsa plástica ante las náuseas repetitivas; un operario de aseo de EPA a quien el desasosiego le lleva del asiento en el piso a la pared donde se puede apoyar; un hombre de 50 años y un joven de 24 años. Las ambulancias entran y salen con sus sirenas y exostos contaminantes y como a manera de protesta, contra los intrusos que les han robado espacio, lanzan sus estridentes sonidos y les hace tragar el humo de su combustión motriz.

La espera es larga, aparece un funcionario y toma datos de tres de los que están allí y se va. Una hora después, otra persona del equipo sanitario vuelve con las mismas preguntas anteriores, pero indaga por la sintomatología y dice que ya vendrá el médico para la valoración correspondiente. ¡Qué alivio, un médico los valorará y tendrán una respuesta con la respectiva atención! Se aviva la esperanza, quizás por eso valga la larga espera y el sufrimiento. Son las 12 del día.

Mientras esto sucede, el ciudadano funge como cazador de espacios y observa a una joven que viste como auxiliar de enfermería –ahora paciente dentro de la carpa– que sale hacia la calle y cual predador, el ciudadano hace seguimiento visual para saber el destino de la joven que abandonó la silla y poder tomar su lugar dentro de la carpa. Para fortuna del ciudadano, la joven después de un rato, aborda un taxi y deja el lugar de confinamiento; inmediatamente, el ciudadano toma su sitio y se refugia en la carpa. Allí están tres mujeres, al parecer en el oficio de auxiliares de farmacia, todas entre 28 y 35 años con signos de sufrimiento y padecimiento de síntomas respiratorios. 

Pasado otro tiempo, llega el médico y llama a cada uno de los tres listados anteriormente. Las preguntas las realiza desde la distancia –intimidad perdida–, luego el examen. Después informa a los presentes, que luego les harán exámenes, sin más. La espera sigue. Antes de la media tarde a dos pacientes críticos les poene líquidos intravenosos dentro de la carpa. Como el calor se hacía intenso, el ciudadano y otra persona salen de la carpa, quedan dentro los más críticos. Esta rutina se repite, la media de valoración médica es de tres horas por tres pacientes aproximadamente.

Aparte de que los pacientes no pueden acceder al servicio sanitario del servicio de urgencias, algunos tienen que romper el frágil cerco epidemiológico e ir a los servicios sanitarios de los locales comerciales vecinos. A las 5 p.m. el ciudadano rompe su pasiva espera y se manifiesta en la puerta de urgencias. La respuesta oficial desde adentro: paciencia por favor. Ahí quedó todo. Como la noche se acercaba y había temor por la exposición al frío, el ciudadano volvió a manifestarse 45 minutos más tarde: oídos sordos.

Entre las 6:20 y 7 de la noche, la auxiliar de enfermería en la semioscuridad de la carpa, con limitados recursos, sin sitio donde colocar los insumos, logró finalizar su misión, sin antes sufrir las restricciones del escenario: caída de los implementos al suelo, pedido de ayuda a los pacientes, carencia de otros elementos, sensación de vergüenza ajena, en fin. 

Inició la noche, en la mente y entre comentarios, los pacientes hacían cuentas: si les hicieron exámenes, hay que esperar por lo menos cuatro horas para los resultados, tanto para la COVID-19 como para los otros análisis. El encargado de los hisopados sólo hizo aparición en las horas de la noche, a las ocho, e igual que los demás, de manera gradual hasta las 11 cuando tomó el último examen para el SARS-CoV-2. Los exámenes clínicos de los pacientes que faltaban los tomó la auxiliar del nuevo turno, un poco después de las 7:30 de la noche. Entre las consultantes, se encontraba una joven auxiliar de enfermería de la misma clínica, ingresó desde las cuatro de la tarde y sólo recibió la primera atención pasadas las ocho de la noche.

El resto de noche, similar al día. Llegaron otras dos personas más, una niña de 15 años y un joven menor de 25 años. Luego de las 10 de la noche se inician las autorizaciones de salida, quedan cinco personas, incluido el ciudadano, todos expectantes de recibir la orden de salida. 

En absoluto, todos, sin ninguna oferta de abrigo o un café, expuestos al frío, incluida la propia contratista de la clínica, la cual no recibió atención especial alguna, sólo la consideración de la colega que tomaba las muestras de laboratorio o le canalizaba la vena. Durante todo el tiempo de estancia relatado, sin acceso al baño, hasta que el ciudadano manifestó su urgencia que estaba al límite y vociferó el riesgo de un accidente sanitario. La respuesta oficial: no se puede, paciencia. Finalmente, después de la protesta, a eso de las 2:20 de la madrugada, iniciaron protocolo de ingreso al servicio sanitario. Luego trajeron la orden de salida para dos pacientes más, quedaron pendientes el ciudadano, la joven de 15 años de edad y una joven de aproximadamente 22 años, finalmente a las 4:26 de la madrugada, al ciudadano le expidieron y entregaron la orden médica de salida. 
Esta nota es la experiencia de un paciente con todos los síntomas y probable portador del virus de la COVID-19 (confirmado por el INS el martes 15 de septiembre), busca la atención que le defina y mitigue su estado sanitario, pero no pensó que habría de sufrir la negligencia, la incapacidad e incompetencia política y administrativa para enfrentar una enfermedad que podría agravar la situación sociosanitaria que viven los habitantes del Quindío, en este caso particular. ¿Qué podría pasar con los pacientes en una central de urgencias como la de la Clínica de la Sagrada Familia, si llegan en un solo día 20 pacientes más con síntomas respiratorios graves?

¿Qué estará pasando en otras centrales de urgencias en Armenia y el Quindío, habilitadas para atender pacientes de las EPS con síntomas de COVID-19?

El paciente relator es Óscar Iglesias Alvis, identificado con cédula de ciudadanía 7.524.068, expedida en Armenia, Quindío.

 

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