Opinión / AGO 01 2020

Dispraxia o ‘síndrome del niño torpe’

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Se trata de una enfermedad sicomotriz que se da en la infancia y que consiste en una falta de coordinación de los movimientos que requieren de varios grupos musculares, como atarse los cordones, montar en bicicleta, escribir, etc, haciendo que las personas los lleven a cabo con dificultad, lentitud y torpeza, incluso si son sencillos.

La dispraxia suele ir acompañada de trastornos verbales y cerebrales, antecedente por el cual también puede denominarse este trastorno como ‘síndrome del niño torpe’.

No se trata de un problema muscular o anatómico, sino de la incapacidad para planificar y secuenciar los movimientos simples necesarios que deben hacerse para realizar otro de mayor complejidad, lo que no supone asociarlo con capacidad intelectual disminuida; de hecho, estos niños suelen tener una inteligencia normal. 

Los primeros síntomas de este trastorno pueden presentarse luego de cumplirse el primer año de vida y hacerse progresivamente más evidentes, especialmente entre los cinco y los once años.

Es oportuno establecer las diferencias existentes entre los distintos tipos de dispraxia:

Ideomotora: cuando hay una desconexión entre el momento en que se piensa coger un objeto y el de hacerlo.

Ideatoria: si se altera la sucesión de actos sencillos que permiten la realización de otro más complejo. 

Oromotora: cuando los músculos afectados son los de la fonación, por lo que puede verse afectado el habla.

Constructiva: dificultad para relacionar los movimientos de diferentes objetos, como colocar uno encima de otro.

Así no se conozcan las causas de este trastorno, en la actualidad se relaciona con un problema de inmadurez en el desarrollo neuronal o lesiones sufridas en las etapas iniciales de formación del tejido nervioso a consecuencia de un parto prematuro, o que éste haya sido traumático y asociado a sufrimiento fetal, o que el consumo de alcohol, tabaco o drogas por parte de la madre durante el embarazo hayan podido afectar la criatura en formación; los antecedentes familiares de este síndrome también pueden actuar como factor de riesgo determinante.

El ‘síndrome del niño torpe’ suele diagnosticarse en los controles rutinarios con el pediatra. No obstante, antes de indicar cuáles son las pautas de tratamiento, hay que decir que su pronóstico es, por lo general, bueno y que los pacientes cuando sean adultos no tendrán problemas para desarrollar una vida normal. 

En cualquier caso, el abordaje terapéutico de la dispraxia es necesariamente multidisciplinar, ya que debe incluir fisioterapia, rehabilitación logopédica y neurosicológica —ésta última sólo en el caso de dispraxias ideatorias—.

Si hay afectación en el área emocional, la terapia ayudará al niño a afrontar situaciones de estrés y a desarrollar habilidades sociales. La implicación de los padres en el tratamiento resulta fundamental para que estas terapias de apoyo se realicen también en casa y sirvan para fomentar la autoestima del niño.

 


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