Lunes, 22 Jul,2019
Opinión / JUL 11 2019

El infierno

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Una carnicería: los negros peones, los alfiles albos forman impúdicas tropas. En el paño azul del billar nadie dibuja carambolas. ¿Media o miedo? Sí, pero despacio, conversada. Obvio, caballero. El ritual efectúa la magia: desactiva las prevenciones, aleja los golpes de pecho. Mañana vendrán, con la boca ahíta de arena, de azufre. Justo ahora solo existe el borde de la copa de aguardiente. La espuma de la embriaguez crece en la garganta, coloniza el cerebro.

Daniela apura el primer trago, retuerce las líneas faciales en el gesto de morder un limón pajarito. Tras inspeccionar a los contertulios, Fideo desenvuelve el discurso: no demoran en cerrar acá. El infierno está abierto... Se aproxima el cuento sibarita, oído no sé cuántas veces en circunstancias parecidas. Daniela no lo conoce, muerde el anzuelo: ¿el infierno? Toda ella se torna un tímido signo de pregunta. Sí, sí, el infierno o el averno, como guste llamarlo, afirmo con gesto de anciano treintañero. El infierno —toma la posta Fideo— es el sitio del goce, del carnaval. El cielo es grato por el clima; el infierno, por la compañía. Pinina sigue la plática: festeja la destreza verbal de Fideo para revestir lo nimio con el manto del misterio, del pecado.

El infierno nunca está a la altura del relato. En general, la realidad no le da en los tobillos a las ficciones, al regodeo, al gusto de acariciar la manzana de la serpiente. Seguro esa era la espina atorada en la garganta del Qohéleth al escribir: “No se sacia el ojo de ver ni el oído de oír”. El interés brilla en las pupilas de Daniela. Fideo lo detecta, continúa airoso su malabar: cuidado, para entrar al infierno se debe mostrarle a Cancerbero el bolsillo lleno. En la iglesia se reza; a la casa de Satanás uno va a pecar. La risa explota en las mandíbulas. Paso a paso, sorbo a sorbo, la mesa pierde el hielo, las distancias. Incluso las fatigantes baladas setenteras —por dios, las cantinas y los billares de Armenia aturden con las canciones de Camilo Sesto, de Leo Dan— se despojan por un rato del melodrama, destilan un lirismo ebrio, enfermizo. Fideo llama por teléfono a Laurito. En su taxi se viaja seguro a las casas-burdeles, a las tabernas-amanecederos. Él es un termómetro de la rumba cuyabra: sabe dónde hay movimiento. A veces la brújula señala a “Chocolate”, en otras al “Parqueadero”, al “Balconcito”. Al apartamento de Margó ya no: la parca se la llevó al país de los lotófagos, de las adormideras.

Laurito tarda. Las carcajadas se evaporan. La fiesta no resiste al tiempo muerto, la espera es un batazo en su garganta. Alguien cuenta la costumbre de Chiffo Raigoza: en los meretricios finge tener los dones del adivino, se hace pasar por chamán. Lee las manos de las putas: a las volandas les fabrica un futuro. A Raigoza le gusta sacarlas a bailar merengues después de dorarles la píldora, de escuchar sus historias-cliché. Por fin llega Laurito. La noche se consume con la prisa del pucho en manos del adicto. El infierno es un presente mediocre, costoso, feo. Le conviene la esperanza o la nostalgia.


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net