Miércoles, 18 Sep,2019
Opinión / JUN 12 2019

Notas viajeras

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El día anterior, durante el trayecto de ida, dialogamos como pudimos con un trío de muchachos, amigos y colegas, de diversa procedencia y nacionalidad. El portugués, lisboeta —suena horrendo el gentilicio—, Antonio, ingeniero aeroespacial, trabaja con la empresa holandesa líder mundial en construcción de simuladores de vuelo, área de diseño de software; otro, canadiense nativo, de rasgos y tono de piel particulares, labora en Ámsterdam para una compañía especializada en tecnología para autos eléctricos inteligentes; el tercero, menos conversador, británico, experto en finanzas. - ¿Colombia? Ah, ¡mujeres lindas!, apunta Antonio. –¡And cocaine!, suelta el canadiense.

El tren de regreso —Aguas Calientes–Ollantaytambo—, partía a las siete. A las cuatro y algo más habíamos culminado el descenso desde la Ciudad Sagrada; apenas iniciándolo, los músculos de las piernas, resentidos por las exigencias de la jornada, quisieron sublevarse. A pesar de alternativos calambres, me obligué a bajar tal como escalamos. Superado el trance, retomado el ritmo, solo nos detuvimos, exhaustos pero felices, al llegar al puente sobre el Urubamba. Con buen margen arribamos a la estación para cumplir la forzosa espera. También allí la concurrencia de razas, idiomas, atuendos, parece ilímite. Francas las puertas de acceso a los vagones, presentamos los boletos a la azafata en la escalerilla del nuestro. -Señores —declama sonriente—, por cortesía de la empresa, sin costo extra, nos agrada invitarlos a abordar nuestro coche de lujo. Disfrutarán de todas las atenciones reservadas a quienes adquirieron pasajes preferenciales. Tardamos segundos en asimilar la feliz sorpresa. Sillones de fina tapicería capitoneada, superficies dispuestas como para banquete, coquetas servilletas, reluciente loza, cristalería, cubiertos. 

Y a un prolongado banquete asistimos. Durante los noventa y tantos kilómetros se nos dispensó trato de emires: Sabores, texturas y colores en hiperreal festín, bebidas calientes, un café-crema sin cotejo posible aún con el ofrecido en establecimientos calificados de nuestro Quindío; vinos chilenos de cava, finísimas lonjas de trucha curada, bañadas en una salsa espirituosa, puré de vegetales, té de sutiles aromas… Y culminado el lapso gastronómico, el coche bar anexo con música criolla en vivo. En una de las mesas contiguas, un papá tolerante con los caprichos y ruidosos juegos de su pareja de retoños, identifica nuestra procedencia: - Soy chileno —sobra la confesión; el acento delata— empresario independiente desde hace un par de años, luego de haber trabajado durante muchos más para compañías trasnacionales. Mi esposa es colombiana, de Bogotá; vivimos muy cerca de Santiago. Teníamos planeadas nuestras vacaciones; un tour por Perú y Colombia, pero a última hora ella no pudo eludir un compromiso; es consultora financiera de empresas. Me envió entonces con los niños, todo programado y previsto. En Colombia iremos a la zona cafetera, a un gran parque-hotel que promete maravillas. —Vivo en la misma zona, en Calarcá, muy cerca del sitio; los felicito por haber pensado en ese destino; les va a encantar—, exclamé con entusiasmo.


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