Domingo, 13 Oct,2019
Opinión / NOV 13 2018

Agricultura campesina en clave de Derechos Humanos

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Desde tiempos inmemoriales el campesino ha sido un hombre inmerso en el tiempo meteorológico, lector del funcionamiento de ecosistemas y conocedor de la influencia de las fases lunares en diferentes ciclos de las plantas. Su trabajo ha dependido de la vigilancia continua del estado del cielo y de los ecosistemas. Se trata de una vigilancia que ha servido de guía y, en tanto que guía, ha sido una manera de mantenerse unido a la naturaleza.

A partir de la segunda mitad del siglo XX se impuso en el mundo la transformación de la agricultura ancestral por un modelo productivista en función de monocultivos y del uso intensivo de agroquímicos orgánicos de síntesis, localmente conocido como tecnificación agroquímica. Este cambio de paradigma agrícola tiene a su favor el aumento considerable de la producción de un reducido grupo de alimentos. En contrapartida, sus efectos no solo fueron proporcionales en términos de degradación ecológica, significó además la desaparición progresiva del sujeto campesino, convertido ahora en «productores especializados» o «explotadores agrícolas», cuyo desempeño es evaluado solo con criterios técnico-económicos, notablemente en términos de productividad para el mercado. 

La desaparición de la población campesina mundial está asociada tanto a la desertificación del suelo agrícola como a la pérdida de la capacidad humana para crear sociedad con la naturaleza. Como lo señala el filósofo francés Michel Serres: «Incontestablemente, el mayor acontecimiento del siglo XX es la desaparición de la agricultura [campesina] como actividad piloto de la vida humana en general y de las culturas singulares» (Le contrat naturel, 1992). 

Por fortuna, la vida campesina, ejemplo de habitar en el mundo, ha sido reivindicada el pasado 28 de septiembre, en el seno del 39º encuentro del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, donde se adoptó la «Declaración de derechos de campesinos y de otras personas que trabajan en zonas rurales». Esta declaratoria, que espera ser aprobada por la asamblea general de la ONU y ratificada por el gobierno colombiano antes de finalizar el año, constituye un aporte jurídico fundamental para retomar las bases de un desarrollo agrícola realmente sostenible en materia social y medioambiental. 

En efecto, la agricultura campesina está guiada por valores que la tecnificación agroquímica descarta irresponsablemente. Acceso legítimo a tierra agrícola para ponerla en una producción sostenible, cooperación y trabajo en familia, seguridad y soberanía alimentaria, equidad social, calidad en términos de inocuidad de productos agrícolas, cultivo de agrobiodiversidad, preservación de ecosistemas, precaución, responsabilidad ecológica, estos son algunos de los valores que definen y reclaman las prácticas de campesinos. Es así que la agricultura campesina se lee en clave de Derechos Humanos.


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