Opinión / DIC 06 2019

Agridulces en gestión cultural

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En el campo cultural, las cifras solas no hablan. La cultura y las artes en parte son subjetivas e inasibles, y hoy no son factor de cohesión  identitaria: cambiaron su valoración,  y su evaluación debe involucrar las nuevas realidades estéticas y políticas.

La gestión de la secretaría de Cultura del Quindío no se puede medir, entonces, por su incremento presupuestal, que fue importante durante este cuatrienio, ni tampoco por su capacidad de controvertir o dividir al sector, como en efecto lo lograron las acciones y omisiones deliberadas de ese despacho.

El sector cultural, a pesar de quienes no reconocen esa gestión, se benefició de casi 20 mil millones de inversión durante los cuatro años pasados; del crecimiento de las bolsas de financiación para concertación y estímulos, y del avance de las escuelas de formación en artes. Hubo aumento de inversión y transparencia notable en la asignación de recursos de las bolsas artísticas.

A pesar del reciente hundimiento del proyecto de ordenanza de la primaria artística, un proceso valioso para el departamento, su inicio marca para nuestras artes un antes y un después, sí este esfuerzo se mantiene desde la Secretaría de Educación. 

¿Por qué existe un malestar dominante en el sector frente a la gestión de la secretaría de Cultura?

En la secretaría dominó el favoritismo por una disciplina, la danza folclórica, y por una organización cultural, Fundanza, y el empecinamiento absurdo y casi infantil de negar lo que los ojos del público observaban en escena y, sobre todo, tras bambalinas.

Viejas aspiraciones en el campo de la infraestructura, como la construcción de un teatro público para Armenia, o la creación de una biblioteca departamental, obras físicas que se hubieran podido cofinanciar con regalías y con el ministerio de Cultura, jamás tuvieron la atención del secretario o del gobernador. 

Nunca escuchamos un renglón sobre el estado y pertinencia o no del centro cultural La Estación, y menos sobre el futuro del Museo de Arte del Quindío, Maqui, inmersos ambos en el galimatías de una gestión inocua por parte de la Corporación de Cultura de Armenia. Nada. Era mejor callar, se supone, que comprometerse en soluciones articuladas con la municipalidad.

Poco se avanzó en la educación artística superior, en la necesidad de configurar una verdadera facultad de las culturas y las artes, que reivindique el humanismo en esta región. Silencio y negligencia ante las oportunidades que se tuvieron en el Consejo Superior por cuenta de los cuantiosos recursos que gestionó el departamento para la universidad del Quindío.

La comunidad cultural aún no entiende la indiferencia del departamento, de su secretario, frente a la suerte del Fondo Mixto para las Artes y la Cultura. Lo dejó expósito, y nunca se comprendió su afán de minimizarlo y finiquitarlo por inanición presupuestal.

Una falencia en la gestión cultural del Quindío fue el desconocimiento de los procesos de formación ciudadana y política, como estrategia de cohesión social y cultural. No le interesó el tema al secretario y menos a su directora de Cultura, Diana Galvis Moreno, cuya soberbia y desconocimiento del sector la llevaron a vetar gestores y temas, a entender las funciones de la secretaría como la expresión dadivosa de ella, una favorita de la corte, a unos insólitos súbditos de su micropoder.  

Avanzamos sí, pero quedamos desconcertados: más divididos que nunca, por cuenta de una gestión cultural parcial y acomodada.

 


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