Opinión / JUL 02 2020

Agua, páramos y COVID

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Hace dos años, el Senado aprobaba la ley 1930, nuestra ley de páramos vivos. El 27 de junio de 2018, con la sanción presidencial, se cerraban más de dos décadas de trabajo legislativo, que incluyó múltiples versiones de proyectos siempre fracasados en el intento de legislar para proteger estos ecosistemas determinantes para nuestro bienestar y futuro.

Pocas personas saben cuán complejo es el proceso de aprobación de una ley, más si ella incluye tanto debate científico y político como es el de la protección del ambiente. Hoy, dos años después, intento recordar algunas de las cuestiones que discutimos en ese momento, lo hago para comprobar cuánto hemos avanzado y cuánto falta.

Si algo reconoció el consenso final en el Congreso fue que los habitantes de páramos debían hacer parte del proceso de implementación del modelo de protección. Ignorarlos a ellos, que son quienes más podrían aportar si se decidieran y el Estado los apoyara, era una torpeza. Convinimos en que se debía brindar a las comunidades tiempo y medios para adaptarse a la nueva situación.

Otra coincidencia fue la importancia de delimitarlos, de prohibir la minería o la explotación de petróleo, de no usar maquinaria pesada en actividades agropecuarias o hacer quemas. Cosas obvias, pero que tristemente son la realidad que se vive en estos delicados ecosistemas. El ministerio de Ambiente fue el designado como el encargado del diseño y puesta en marcha de la implementación de la nueva ley.

Por primera vez, con el apoyo de ambientalistas, académicos, organizaciones de la sociedad civil y muchos ciudadanos, el Estado reconoció la importancia que para el país tienen estos territorios. Haber podido despertar ese interés es una de las cosas que más me enorgullecen como autor y ponente de esa ley. 

Nosotros los quindianos, distantes de los páramos, muchas veces somos indiferentes a la importancia de complejos como el Parque  Los Nevados o el páramo de Chilí. No somos conscientes de que en sus paisajes se cierra el ciclo que nos provee de agua; que sus lagunas y humedales regulan el agua que da origen a los nacimientos de quebradas y ríos que llegan a los grifos de nuestras viviendas, que hacen posible la agricultura y todas nuestras actividades económicas.

En nuestro país, la pandemia ha desnudado muchas cosas: un precario sistema de salud que urge reformar, un excluyente sistema educativo, un inestable sistema de justicia que nos condena y un mezquino sistema financiero y bancario que maneja nuestra economía. El virus también nos ha recordado que somos solo una más de las especies que se interrelaciona en este planeta y que nuestro bienestar depende del respeto por los ecosistemas que habitamos.

A dos años de haberse promulgado la ley —de la que orgullosamente a nombre de los quindianos fui coautor y ponente—, hago un llamado de atención al gobierno para que avance decididamente en la implementación del acuerdo al que llegamos. Hoy hemos reconocido que nuestra potencialidad está en la biodiversidad y en la agricultura muy por encima del petróleo y del oro.

 


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