Martes, 15 Oct,2019
Opinión / DIC 28 2018

Amigos de infancia

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Hasta ahora he dedicado esta columna notablemente a la reflexión situada sobre la técnica y la ecología, sin embargo, esta época del año, y hechos recientes, me imponen un tema al que no quiero resistir: los amigos de infancia.

“¡La infancia, ese enorme territorio del que todos hemos salido! ¿De dónde provengo? Provengo de mi infancia. De mi infancia, como de un país...” —Antoine de Saint-Exupéry, Piloto de Guerra—. Estas palabras me han permitido reconciliaciones que para una racionalidad estrictamente adulta resultan imposibles. Los sueños de infancia son quizá las raíces de nuestras ambiciones de adultos. Cuidar la infancia, la nuestra y la de otros, puede convertirse en una tarea que no solo nos tome la vida, sino que, además, en ella se juega su mayor ambición: la alegría de vivir. 

Amigos de infancia son entonces aquellos que, sin importar la etapa por la que atraviesa nuestra vida, nos permiten reencontrar el camino que conduce hacia ese país perdido; ese país habitado de acontecimientos, ficciones, sorpresas y alegrías. El principito, por ejemplo, fue dedicado a un adulto —Léon Werth— cuando era niño, o al niño que en él se preservaba a pesar de las aflicciones de una guerra. El niño representa, retomando las palabras de Nietzsche —Así habló Zaratustra—, la figura del hombre libre, capaz de crear el mundo y sus valores, en tanto su espíritu, suelto de prejuicios, se abre a la conquista de lo posible. En cambio, al adulto, encarnado actualmente en el experto pleno en certezas alienantes, las pocas posibilidades aceleran su envejecimiento y decrepitud. 

Cuidar el sentido de la infancia significa mantenernos al abrigo de la fría indiferencia frente al mundo. Indiferencia que proyecta la imagen de un mundo vacío, seco, vano, donde todo termina por tener precio y nada tiene importancia. Donde lo humano se confina en un ambiente nihilista en el cual valores y verdades no son aprehensibles. Solo el espíritu de infancia, como lo sugiere Saint-Exupéry, es portadora de una ‘mente de principiante’, es decir, innovadora. Solo de allí podría surgir aquella revelación por la cual el mundo vuelve a estar abrigado de sentido: “S0lo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” —El principito—. 

Por la infancia la vida vuelve a ser salvada. Sus amigos son personas, libros, canciones, películas, olores, sabores, paisajes… Cultivar estos amigos impide el retorno hacia un mundo sin sentido, de manera que las estrellas dejan de estar simplemente ahí y permiten ver los pozos y las rosas que ellas abrigan. A mis amigos de infancia.


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