Miércoles, 13 Nov,2019
Opinión / MAY 30 2019

Aprenderes en la farmacia

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Sin imaginar a quién encontrar piensa en cómo pagar por los medicamentos recetados. Entra a la farmacia con la fórmula médica entre el libro que lee, saluda y nadie responde. Detalla en la anciana que insiste en la aspirina, es lo que necesito, dice. Esto es ácido acetilsalicílico, le señala el farmaceuta la caja verde e intenta explicarle que es lo recetado para su problema del corazón. ¡Eso no es aspirina! Quiere provocarme otro infarto. ¿Qué es un infarto?

Venga señora para acá. Mientras mi compañero atiende a otras personas yo le explico. Desde el otro lado del mostrador la joven —maquillada como para una fiesta de cumpleaños— le comenta que un infarto o ataque cardiaco es la muerte de una parte del corazón provocado por la obstrucción de una arteria que impide el flujo normal de la sangre. El ácido acetilsalicílico evita que se le formen coágulos de sangre en las arterias. Gracias, eso no es aspirina, responde, y sale blandiendo la fórmula.

Mientras espera su turno piensa que los viejos tendrían que venir acompañados, no dejarlos solos, menos para comprar medicamentos porque está en juego su salud, su vida. Vino el recuerdo de Octavio Paz: “la vida que nace cada día/ la muerte que nace cada vida/ froto mis párpados:/el cielo anda en la Tierra.”

También él va por aspirina, entre otros medicamentos recetados contra el infarto reciente. ¿Podré volver a hacer una vida normal? ¿Qué pasará con el deporte? ¿Cuántas y cuáles restricciones tendré que soportar? Preguntas que lo inquietaban porque los factores de riesgo no hacían parte de su rutina. Iba al gimnasio todos los días, dieta balanceada, tensión arterial normal, exámenes de perfil lipídico y niveles de glicemia corrientes y ningún medicamento. Datos perfectos de una vida sana, pero esta trae sorpresas y contra la enfermedad existen otras variables difíciles de controlar. ¿Ansiedad?, ¿estrés?, tampoco creía que hicieran parte de su vida. ¿Herencia genética? Tal vez, existía esa posibilidad.

Fumar, nunca. Licor, salvo en reuniones del tercer tiempo, después de los partidos de fútbol. La verdad, en los viernes de tertulia de encuentros y desencuentros con amigos. La razón es simple y clara: el susto le pasó la cuenta y su vida futura no será igual. Allí radicaba su temor de olvidar el hábito de cocteles y saborear un ron al compás de baladas, boleros, y, un poco más tarde, tangos. Ay amigo —como sucede cuando compartimos pensares con nuestra conciencia— no sufra porque no todo está perdido. Precisamente su conciencia le recordó: “Dice la desesperanza:/Solo tu amargura es ella./ late, corazón…No todo/ se lo ha tragado la Tierra.” De Antonio Machado en Dice la esperanza: un día.

Abrió el libro y encontró la hoja con apuntes de lo que escribía. Leyó la pregunta ¿Cómo hace para escribir al tiempo para los caleños, los vietnamitas, los suecos, los húngaros, los franceses, los chinos, todo el mundo?, también la respuesta de García Márquez: Escribo con el corazón.


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