Opinión / ABR 03 2020

Aténgase a eso y no corra

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De la actual situación tienen que salir enseñanzas para corregir el rumbo de la conducta político-social-económica a futuro, porque graves problemas sociales anteriores pasaron y se olvidaron pronto, se taparon con nuevas expectativas o se cubrieron con “el manto del olvido”, como dicen los poetas. Para qué enumerarlos. Es como “llorar sobre leche derramada”, cuando lo lógico y razonable es mirar para adelante y aplicar la lección aprendida. Para algo tienen que servir el susto y la encerrona que han alterado el ritmo normal de la vida social y familiar, y las vidas que se perdieron. La naturaleza pasó con la pandemia su cuenta de cobro por la destrucción de los elementos que equilibran la vida animal y vegetal, destruidos por el hombre para enriquecerse y atizar el consumismo con el mismo fin, sin importarle el medio ambiente, la atmósfera, el agua; es decir, el ecosistema en general. Los dirigentes políticos y los capitalistas que los financian se reúnen cada año a analizar los problemas ambientales, que conocen de sobra, y no hacen nada para remediarlos, porque hacerlo afecta sus balances financieros. Y si se comprometen no cumplen.

En las crisis aparecen los vivos de siempre, a sacar provecho indebido de las ayudas destinadas a proteger a los afectados más pobres; o a ofrecer beneficios caídos del cielo si se aumentan las cotizaciones de los diezmos. En medio de las tragedias, los incautos invocan la protección divina sugerida por los pastores y pretenden protegerse elevando los brazos al infinito, mientras los pragmáticos les advierten: “Aténganse a eso y no corran”. Lo mismo ha pasado con los electoreros, políticos emergentes, que sustituyeron a los caciques paternalistas que organizaban a las comunidades para que se superaran a sí mismas. Aquellos, los emergentes, para conquistar votos, sugieren a la gente no hacer esfuerzos, porque ellos pueden conseguir los recursos con su influencia. Así se amodorraron las comunidades, siguen votando por los mismos promeseros y perdieron la vocación de superarse con su propio esfuerzo, sin necesidad de “venderle el alma” al sistema de las coaliciones perversas, que se pusieron de moda con el pretexto de la paz política.

Es urgente también repensar el caso de las pensiones, sobre todo las altas, que perciben los delincuentes de cuello blanco, condenados por delitos contra los bienes del Estado, terrorismo, magnicidios o similares, que cuando cumplen la edad requerida las tramitan, y se les pagan del bolsillo de los colombianos. Ya el dictador de Singapur había dado pasos muy drásticos en ese sentido; y el rey Felipe VI, cuando se comprobaron los delitos económicos cometidos por su padre, el rey emérito Juan Carlos I, le quitó la pensión de 12 mil euros mensuales y todos los demás privilegios que tenía por ser quien es.

 


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