Opinión / AGO 14 2020

Buenos muchachos

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En Buenos muchachos, una película de Martin Scorsese,  de 1990,  retumba un discurso fundacional en boca de un personaje: desde que tengo uso de razón soñé con ser un gánster. 

En esa obra de culto se cuenta la historia de tres hombres y su vínculo con el mal. La   ambición es más poderosa que la propia voluntad de decidir por lo correcto. Los buenos muchachos no lo eran en verdad. 

Desde el inicio de su trayectoria política, como representante de los terratenientes, de los grandes conglomerados económicos y del sistema financiero, Álvaro Uribe Vélez ha determinado buena parte de los gobiernos en Colombia durante casi dos decenios. 

Su influencia política nos ha hecho más pobres en lo material y una sociedad paupérrima en lo espiritual. No respetamos, en parte por su ejemplo, el valor de la vida y la ética más elemental.

Su influencia en Quindío deja una estela de caídos en desgracia y de minusvalía moral para muchos. 

Llevó Álvaro Uribe a tres coterráneos nuestros a su gobierno de seguridad democrática, y todos perdieron su destino, dejaron manosear sus principios y subastaron su vida pública en la comisión de delitos que los enfrentó a la ley.

Diego Palacio Betancourt, un médico cirujano, nombrado por Uribe como ministro de Protección Social, fue condenado a 6 años y 8 meses de cárcel por la Yidispolítica, acciones soportadas en la compra de votos del ejecutivo para la reelección del presidente. 

No supo ni pudo negarse a la carcoma moral de Uribe Vélez.

Luis Carlos Restrepo, un reputado escritor y siquiatra de la Universidad Nacional, por su parte, se dejó llevar por el mismo afán circense de producir resultados a toda costa, y auspició la desmovilización falsa del bloque La Gaitana de las Farc, y de los bloques del Cacique Nutibara y Héroes de Granada de las autodefensas. 

No fue capaz de negarse a la subasta de resultados que exigía su jefe. Hoy es prófugo internacional de la justicia.

Bernardo Moreno, por su lado, ordenó el seguimiento ilegal y las chuzadas a la oposición desde la presidencia de la República y traficó influencias para favorecer la reelección de su jefe. Fue condenado en abril de 2015. Pudo más su ambición y se contenta ahora con las migajas de un poder local, tras escena, que le delega el patrón.

Decenas de quindianos, periodistas de toda la vida, empresarios y políticos exigen moralidad en los asuntos públicos de la región y la pregonan, pero fueron reducidos a minusválidos éticos porque avalan y legitiman a un político como Uribe Vélez, quien desfiguró con su influencia buena parte del alma colombiana: la envileció con populismo y mentiras.

Sus buenos muchachos no pensaron desde niños convertirse en gestores de un gobierno pútrido.  Encontraron en la mentira oficial una catedral para sus ambiciones.  

A la mentira, endeble, se la mira a los ojos:  se le desafía y cae, como empieza a develarse el telón de una realidad que nos avergüenza a todos.


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