Editorial / ABR 05 2020

Cada casa un templo

Comienza una Semana Santa diferente pero necesaria para un mundo que necesita reflexionar profundamente sobre su depredador comportamiento.

Qué mejor escenario que la intimidad y sinceridad del hogar para recibir y celebrar la Semana Mayor. Un giro del destino, provocado por el hombre pero inesperado, obligó un confinamiento para preservar la vida y de paso, en un hecho sin precedentes, la mejor oportunidad para convertir cada casa o apartamento en un templo durante la semana que hoy comienza. No habrá romería en las iglesias, ni procesiones por las calles de los barrios, pero sí habrá celebración. Los templos están cerrados pero la iglesia sigue abierta. Celebremos.

La Semana Santa no es solo el recuerdo de un acontecimiento ocurrido hace miles de años, es una pausa en el día a día para el reencuentro familiar en torno al amor, la piedad, la humildad, la generosidad y el recogimiento. Cada celebración de este tiempo podrá ser vivida en casa y en ella todos podrán participar. Estos ocho días pueden ser oxígeno, esperanza y ante todo calma para tomar ese tan necesario segundo aire y seguir avanzando en esa cruzada mundial para derrotar al enemigo silencioso. 

Cuánta falta hace y cuánto bien hará a cada cual un momento de introspección, de absoluta sinceridad y descanso mental para recargar el cuerpo. Lo que falta es duro, nos son buenos estos tiempos, hay escasez e incertidumbre, pero también razones para no flaquear, para resistir y pensar que pronto quedará atrás esta agobiante página de la historia. Solo basta con levantar la mirada y descargarla en los hijos, los padres, la esposa o el esposo o los hermanos, para encontrar allí la vitamina, la motivación y la razón para creer y querer que todo pasará.

Por fortuna, para quienes celebran esta semana, la tecnología permitirá tener en cada hogar la palabra de Dios. La parroquia será la familia. Los mayores, los más vulnerables por estos días y quienes más sosiego encuentran en la oración; los niños, que deben estar blindados del estrés de los adultos; las parejas, que tienen que renovar sus votos matrimoniales; y la familia, el sitio más seguro siempre, constituyen esa feligresía universal sobre la que tiene que caminar el mundo que habrá tras la pandemia.

 Hay una reflexión universal pendiente. Por eso, esta Semana Santa es una inmejorable oportunidad para realizarla. De forma analógica, esta semana resume lo que el mundo padece. Este viacrucis que afronta la humanidad, precio de una relación insana con el planeta, tendrá sentido si la esperada resurrección deja una especie humana renovada, consciente del daño hecho y dispuesta a corregir el rumbo.

Este año, después de muchos, no fueron necesarias las campañas publicitarias para invitar a cuidar la palma de cera, para no arrancarla y destruirla como ha venido pasando dizque para sumarse a la celebración de hoy con la que inicia la semana de todos. Otro ejemplo, uno más, del depredador comportamiento del hombre, incluso en tiempos santos.

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