Editorial / JUN 29 2020

Calarcá, cómo duele

El tiempo como las promesas y la voluntad de hacer del arte y la cultura un bien público y democratizarlo, fue pasando y de eso pocos se acuerdan.

Calarcá, cómo duele

El aniversario de fundación que hoy conmemora Calarcá, el segundo municipio del Quindío, tiene, entre varias razones, dos para que no haya lugar a echar campanas al vuelo. La situación politico-administrativa es preocupante, un alcalde suspendido, la ausencia de dirigentes de talla y peso a nivel regional y nacional, y, el declive de partidos y movimientos políticos; y, por otro lado, la pandemia que ha puesto la ‘Villa del Cacique’ como el segundo lugar del territorio quindiano con mayor número de infectados.

Todavía se escucha el eco del bien ganado remoquete de cuna de escritores y poetas. En Calarcá tiene el Quindío, el Eje Cafetero y Colombia un pasado y un potencial cultural que debería ser abrigado y puesto en el lugar que se merece. Si hay un municipio como Salento que con sus encantos naturales es marca propia, Filandia que gracias a su entorno biodiverso es reconocida ya nacionalmente, Circasia que le apostó al buen café y es digna de admiración por ello, amén de Buenavista y Pijao que también atraen miradas y elogios, Calarcá debería brillar en honor a quienes hoy pintados en varios muros de la calle 41 ven languidecer su legado cultural.

Esa calle de poetas de Calarcá, plausible idea de la administración municipal pasada, se destiñó muy rápido y muchos ignoran el valor de los fragmentos literarios que allí fueron pintados por las hermanas Muriel, otros dos ejemplos vivos del arte que nace y se cría en la tierra de las peñas blancas. Ya hasta letreros publicitarios reposan sobre algunos de los murales, otros están pelados y manchados, injustificado tratamiento para la obra de Rodolfo Jaramillo, Humberto Jaramillo, Nelson Osorio, Javier Huérfano, Evelio Arbeláez, Consuelo Rivera, Dora Tobón, Álvaro Hincapié, Segundo Henao y Luis Vidales. Se salva el mural de Baudilio Montoya por haber sido pintado en los altos de una casa.

Cuando en 2017, la calle de Armenia en Calarcá fue anunciada como calle de poetas, la promesa era hacer de Calarcá la ciudad mural del Quindío, así lo dijo el secretario de Cultura de la época y agregó que se iban a pintar 60 obras más. Nada de eso pasó. Le está quedando grande a Calarcá sostener su rótulo como municipio cuna de escritores y poetas. Lástima porque talento, pasado y presente tiene, pero cada vez más postrado. Cómo duele esta calle cuando camino por el tiempo, escribió Esperanza Jaramillo.

El reciente paso en falso de una embolatada convocatoria del municipio para apoyar emprendimientos culturales confirma el declive. Allá sigue Mara, contra viento y marea, sosteniendo su entable para que el teatro, también importante hace algunos años, no se hunda como lo han hecho otras manifestaciones culturales que valen un potosí. Cuántos países quisieran tener el valioso material que reunió Luis Fernando Londoño en su museo gráfico audiovisual, hoy tristemente con el rótulo The End.

Capítulo aparte merece el encuentro nacional de escritores Luis Vidales y quienes a brazo partido han sostenido desde la fundación Torre de Palabras una programación de primer nivel y permanente.

Ojalá no los dejen eternamente solos y este gran producto no corra la misma suerte del museo de Luis Fernando y de los diferentes colectivos de teatro y musicales que por años hicieron de Calarcá lo que hoy tanto se añora.

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