Opinión / ABR 02 2020

Cerrar la casa, abrir el alma

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El tiempo es el barro del que estamos hechos; solo cuando nos enfrentamos a él empezamos a hacernos preguntas sobre lo fundamental. Preguntas que en días de normalidad siempre hemos evitado o postergado. Interrogantes que surgen en una época de amenaza para la vida física, pero también para la estabilidad sicológica, económica, social y política. ¿Cuál debe ser la actitud en mitad de una pandemia? Imposible lograr consenso frente a algo tan íntimo y personal. 

Mientras en algunos la preocupación gira en torno al aprovechamiento del tiempo, otros luchan por sobrevivir en medio de difíciles condiciones de pobreza a las cuales ya no podemos ser ajenos. Algunos, enfrentan la violencia intrafamiliar donde cada segundo está en juego la vida o la integridad. Otras personas, viven una angustiosa espera preocupados por la estabilidad económica y el bienestar de sus familias. Unos más están abatidos por una soledad que hasta ahora atenuaban con encuentros ocasionales que hacían llevaderos sus días. Pero, entre todos ellos, están quienes han activado su solidaridad y empatía para ofrecer su ayuda a otros. Poco a poco, hemos ido descubriendo que todo aquello que hacíamos antes para permanecer aislados está perdiendo sentido, encontrando que solo puede aliviarnos la ternura y el afecto que brota entre los humanos.

Al preguntarnos ¿qué puede hacer la diferencia entre salir fortalecido en esta crisis o hundirse?, vale la pena recordar la historia de dos sobrevivientes que enfrentaron el horror de la peor de las pestes: la guerra. Primo Levi, escritor italiano, autor de memorias, relatos, poemas y novelas; Viktor Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco. Ambos eran judíos en tiempos de persecución del nazismo, siendo confinados en campos de concentración. Sin embargo, la actitud frente al trauma que enfrentaron hizo la diferencia entre la vida y la muerte. Levi terminó suicidándose, mientras Frankl daría origen a la logoterapia para luego escribir El hombre en busca de sentido, un mensaje sobre la gran capacidad que tienen los seres humanos para superar la adversidad.

En su obra Frankl expresa “[…] yo me atrevería a decir que no hay nada en el mundo capaz de ayudarnos a sobrevivir, aun en las peores condiciones, como el hecho de saber que la vida tiene un sentido”. Pero, además cita una frase de Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Fue seguramente esa capacidad de estar esperanzado y creer que habría un futuro lo que le permitió sobrevivir. Cuenta Frankl que mientras era obligado a cavar un foso bajo la atenta mirada de los guardias, prestaba atención al canto de las aves que se posaban cerca y ello le daba aliento de vida, fijándose en las pocas cosas positivas que había en ese interminable presente sin pensar en el pasado, pero tampoco en el futuro. Simplemente, hizo suyas esas escasas chispas de bienestar que podía encontrar a su alrededor para iluminar el alma.

 


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