Editorial / MAY 26 2020

Ciudad limpia

Tuvo que ser el confinamiento y la amenaza de un contagio masivo que amenaza la vida de las personas, la única manera como de nuevo se volvió a ver a Armenia limpia.

Ni con campañas educativas, ni con premios, ni con castigos, ni cambiando las rutas de recolección, se había podido mantener a Armenia libre de toda suerte de desperdicios esparcidos en la vía pública a cualquier hora del día, porque sencillamente las personas no quieren y no les gusta ver aseada la ciudad en la que viven y de la que derivan su sustento, en la que crecieron y han levantado una familia.

Aunque algunos tercos insisten en dejar la basura en lugares prohibidos o exponerla en el andén justo después de que pasa el carro recolector, el aspecto de la capital quindiana es, por estos días en materia de aseo, el mejor que ha tenido en décadas. Antes de la pandemia el centro era un muladar, los andenes auténticas cloacas, muchos de los pequeños recipientes instalados para depositar basura de mano se dañaron porque los usaron como containers, la contaminación por lixiviados volvió intransitables algunas peatonales. Ni qué hablar de Cielos Abiertos, premio nacional de arquitectura, el mayor botadero de chicles y sobras de comida.

Acá no cabe ningún reparo para Empresas Públicas de Armenia. Los operarios de aseo de EPA también merecen un aplauso, y de pie, por la labor que hacen. La emergencia sanitaria ni los detuvo ni los amedrantó. Ni un solo día ha faltado la recolección de basuras en la capital quindiana. Exponiéndose a todo, incluida la falta de solidaridad de los armenios que ni siquiera una adecuada disposición de los tapabocas y guantes están haciendo, ese ejército de limpieza no para, recorren cada barrio y el centro, barren, recogen y lavan. Más no pueden hacer.

Que no se busque el ahogado río arriba. No es que haga falta carros recolectores de basura, ni rutas, ni personal, tampoco justifica el desaseo que ocasionalmente una ruta se retrase unos minutos. Lo que hace falta es cultura ciudadana, amor por la ciudad y respeto por ese planeta que cada vez recibe más ofensas y maltrato por parte del hombre. Lo único que le falta a EPA es entrar a las casas, separar y empacarle la basura a las familias y sacarla hasta el carro o contenedor más cercano. 

Los usuarios exigen y protestan, se saben el decálogo de derechos pero tienen bien embolatado el manual de obligaciones. La suciedad que producen transmite abandono e inseguridad. Reclaman una mejor ciudad pero eso es imposible si no hay mejores ciudadanos. La prueba es la Armenia de estos días, mucho más limpia, debido al encierro al que fue sometido el mayor depredador vivo del planeta.

Ojalá cuando todo el comercio se reactive y quienes hoy piden volver a abrir sus negocios reciban los permisos para hacerlo, también quieran poner de su parte para frenar la inmundicia en la que cayó la capital quindiana. Muchos de los comerciantes son grandes y permanentes contaminantes. Tienen que reconsiderar algunas pésimas costumbres, como pagarle a los habitantess de calle para que les boten la basura, o dejar la basura en la vía pública cuando cierran sus negocios. Claro que otra buena parte de la culpa la tienen los clientes del comercio que también son, dicho sea de paso, enemigos de una mejor ciudad.

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