Opinión / JUN 04 2020

Conciertos pírricos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Pagar por un concierto online es como pagar a un restaurante por un delicioso arroz con huevo a domicilio. ¡Por ahora!

Por donde sea que se le mire, la ‘reinvención’ de la industria del entretenimiento mediada por las TIC, implica un cambio de formas narrativas y experiencias de consumo. También, que aparezcan nuevas sensaciones y que se genere la necesidad de hacerse a mayor tecnología en el hogar para sacar provecho de estas. 

Evidentemente las artes escénicas —música, danza, teatro— son propicias a ser registradas en medios audiovisuales, lo que no quiere decir que, en su puesta en escena, adopten el lenguaje y la narrativa del audiovisual; tan solo usan su soporte, es decir el video como medio. 

El fenómeno se ha hecho evidente en estos días de ‘creación hogareña’, los artistas han producido sus piezas en una suerte de amasijo compuesto por las características de cada expresión artística y las del audiovisual como medio usado para difundir; lo que podría devenir en un público que se acostumbre a ver espectáculos en un solo plano general; que sería tanto como volver a los tiempos de las vistas de los Lumière, en un proceso involutivo del lenguaje audiovisual donde la cámara era solo un instrumento para llevar el teatro y la vida diaria a otros espacios.

Cuando se asiste a un concierto, de los que hacen honor a su significado, se paga por una experiencia: el rito de prepararse y llegar a la arena, el contacto social, el montaje técnico, la proximidad física con el artista y —un tema fundamental— la tridimensionalidad. En esto radica la diferencia con las plataformas de cine en casa: nosotros no compartimos, desde el origen del medio, con los actores y las locaciones de manera corpórea. El contrato con el audiovisual es otro, nos prometen universos que no podemos tocar pero sí ver y escuchar.

Dicen los promotores de los conciertos online que la experiencia es más personal, que los artistas “saludan a los asistentes”, ¿Cómo en los vallenatos están pagando por saludos? Además de eso, ¿que hay de distinto con los conciertos disponibles en la red? Diría que la diferencia juega a favor de los espectáculos disponibles en Youtube, porque allí el soporte audiovisual es usado narrativamente para representar la función en todo su esplendor —escenario, luces, público, emoción—, no un plano general en la sala de la casa. 

Una cosa es compartir el arte para menguar las consecuencias del encierro y mantenerse vigentes; otra, convertirlo en un negocio que va en detrimento de él mismo, por limitar su capacidad expresiva y social. Además de establecer modelos comerciales que podrían implicar la desaparición de los contenidos libres en la red: “Si no pagas por ver no tienes contenido”, lo que a la larga se podría devolver, “si no me das contenido, no te sigo” y así, un circulo vicioso que puede, de perdurar el modelo, convertirse en una victoria pírrica. Perder ganando. 

Nos vemos en la red (0)

 


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