Opinión / MAY 28 2020

Confinados

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Con el lanzamiento de la serie de televisión Confinados, el canal RCN se aventuró a explorar nuevas rutinas de producción, retomar modelos de programación e inclinó la balanza en el eterno debate sobre qué es más importante en una pieza audiovisual: la historia o la puesta en escena. 

El avance tecnológico ha democratizado el audiovisual poniendo, relativamente, al alcance de cualquiera la posibilidad de narrar desde la imagen en movimiento. Esto ha difuminado la línea divisoria entre los soportes de exhibición del cine, el video y la televisión; de esta manera los realizadores han cruzado las fronteras narrativas aplicando los lenguajes de unos y otros soportes de manera indiscriminada. Por eso las series parecen películas largas y las películas se ven en plataformas diferentes a las salas de cine y con rituales adaptados a los nuevos medios. Es decir, la diferencia entre unos y otros no radica en el lenguaje audiovisual, ni la narrativa ni en el soporte de proyección, apenas sí, ligeramente, en el rigor técnico. La diferencia está, entonces, en las historias, en la complejidad con la que deciden los guionistas contarlas y las exigencias de producción.

Confinados cambia las rutinas de producción, porque pasa de los grandes estudios, de las unidades móviles, de la producción multicámara y los numerosos equipos humanos; a producciones hechas en locaciones reales —Las residencias de los actores— con arte —ambientación, utilería, escenografía— que se tiene a mano, con luz natural y la imagen y el sonido capturados por el micrófono del celular. Todo dirigido a distancia por una videollamada. 

Si quitamos el aparataje, ¿Qué queda?: La historia, que sí se puede contar con pocos recursos de manera digna, dejando el protagonismo a las situaciones. Ojo, que esta historia está escrita para hacerse así, con pocos recursos; no se debe generalizar, ya que no es lo mismo dirigir mirando a los ojos, provocando la emoción en el actor, que dando instrucciones a distancia. No es lo mismo producir con todas las herramientas que hacerlo con lo que hay en casa. 

Quienes se engancharon con el primer capítulo de la serie, vuelven al modelo de la neotelevisión. El cambio de la rutina de producción baja el ritmo industrial y entonces, hay que esperar para ver el siguiente capítulo, retoma el modelo original de programación de las series de emisión semanal, ahora con el apoyo de las plataformas digitales. Eso produce otra experiencia de visualizado.

El riesgo que se corre es que la industria considere que, como se pueden hacer historias audiovisuales con pocos recursos y la gente igual las disfruta, esa deba ser la nueva forma de producir, y que esto afecte el ecosistema de realización: que los actores sean camarógrafos, directores de arte, luminotécnicos, proveedores de recursos técnicos y estéticos. Esto, justo cuando en las regiones apenas estamos entendiendo la importancia de profesionalizar y especializar funciones en la producción audiovisual.

 

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