Jueves, 17 Oct,2019
Opinión / SEP 13 2019

¿Cuál cambio?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Conocí en 1994 a una mujer de leyenda para la Villa de Baudilio. Entré a un ascensor del edificio Torres Fenicia, en Bogotá, y allí estaba: bajita, bonita y cabizbaja. De inmediato, como éramos vecinos, preguntó mi nombre y que si era cierta mi procedencia de Calarcá. Cuando le confirmé, me invitó a comer fríjoles en su apartamento y me interrogó por mi lugar de trabajo en Bogotá. Le conté que era asesor de comunicaciones del alcalde Jaime Castro. Amaba, sin reato alguno, a los calarqueños: era doña Lucelly García de Montoya. 

Nunca olvido su presencia en ese momento: poderosa y triste. La vida ya le había enseñado que el poder no compra la felicidad.

Otro día, en abril de 2011, pude conocer a una joven ambiciosa y astuta en el Instituto de Bellas Artes. Llegó, como un huracán, a decirme a mí y a otros gestores culturales que la acompañáramos en su candidatura a la gobernación. Respondió que sí a nuestros pedidos para la cultura del Quindío. Luego estuve en una comisión de empalme de cultura de su gobierno entrante y asesoré alguna redacción para su discurso de posesión, en Salento.

Era Sandra Paola Hurtado. Poseía juventud, ambición y prepotencia. Tenía la facilidad de arrastrar con su corriente tormentosa de palabras. Cuando empezó su gobierno supe que hasta allí me había llevado esa ilusión. Era una embaucadora más, y así lo empecé a escribir desde ese momento.

En el 2016, en el hotel Armenia Plaza, me cité con la alcaldesa Yenny Alexandra Trujillo, para conversar sobre el Encuentro Nacional de Escritores, y sobre el rumor de que la subsecretaría de Cultura no deseaba apoyar ese proceso. Carismática y sencilla, me dijo que no era cierto, que nos apoyaba, y que pidiéramos un almuerzo ejecutivo, que ella tenía afán porque la esperaban en Pereira.

En medio de la conversación me preguntó qué pensaba la gente de ella, en mi entorno. Le respondí con esa franqueza que me brota muchas veces, que de ella se cuestionaba su cercanía con la ex gobernadora Hurtado Palacio y su esposo. Se irritó, pero fue mesurada y demostró cierta dulzura de palabra para controvertir mi afirmación. Me pareció sincera y buena persona. Creí, obvio, que nuestro pueblo estaba en buenas manos.

Luego el subsecretario Diego Mauricio Vásquez, por su cuenta, desató en contra de mí y del Encuentro Luis Vidales una persecución que no ha cesado. Menosprecia el proceso y volvió personal su malquerencia. Se habituó a perseguir a los gestores culturales de Calarcá, y a derramar su gracia sobre unos pocos amigotes.

La alcaldesa, no obstante, impuso ante el novel funcionario su decisión de apoyarnos. Es una mujer de carácter. Ahora, por ejemplo, autorizó la entrega en comodato del parque Alto del Río. ¿Por qué esa decisión traiciona su lema de ‘Somos el cambio’ y traiciona en lo más profundo a los calarqueños?

No abrió un concurso de méritos para hacer ese comodato y el municipio entregó un bien recuperado y, además, como si fuera poco, se comprometió a pagar la vigilancia y los servicios públicos del parque. Un ‘negociazo’ para los señores de la Corporación Visión and Capacity, organización recientemente constituida.

No debe imponernos, la señora alcaldesa, ese comodato desventajoso para sus conciudadanos. ¿Qué nos espera si su candidato, el abogado Balsero, gana las elecciones de octubre?

¿Qué haremos los calarqueños?

 


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