Domingo, 15 Dic,2019
Opinión / NOV 14 2019

¿Cuándo empezamos a sanar?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

No existe bien más preciado que la salud, que la capacidad de libre locomoción, la ausencia de dolores, la claridad de pensamiento, el don de ver, el privilegio de poder respirar sin dificultad,  de expresar lo que se siente, de un corazón impulsando la sangre con vigor, entre muchas otras bendiciones de las que gozamos sin siquiera darnos cuenta por el sencillo hecho de considerar que es un derecho estar en plenitud de condiciones,  he visto grandes capitales desaparecer cuando la salud se deteriora, tantas familias unidas porque la parca está respirando cerquita, y tantísimas personas solas, abandonadas a su suerte porque su bienestar físico o sicológico ya no es huésped habitual  de su cuerpo y su memoria.

Mientras tenemos plenitud  de condiciones jamás nos detenemos a pensar en las muchísimas personas postradas, limitadas, aquejadas por algún dolor y menos aún agradecer por el privilegio que significa estar bien.

El hombre no muere, se mata poco a poco, según decía Seneca, el famoso orador romano, y es totalmente cierto dado nuestros hábitos desordenados en la alimentación, el peligroso sedentarismo y la pérdida de la paz interior.

La ira, el resentimiento, la envidia, el futuro incierto, el pasado imborrable, el tráfico, el calor insoportable, la pertinaz lluvia, los hijos rebeldes, los vecinos cansones, la esposa malgeniada, el esposo poco detallista, el gobernante de turno mentiroso, el señor de la tienda que no fía,  son solo algunos de los  factores externos que están robando  nuestra tranquilidad a su antojo y  nosotros, que somos los únicos responsables de vigilar celosamente todo lo que entra en nuestra mente y nuestro cuerpo no hacemos una selección inteligente que depure pensamientos, sentimientos y alimentos.

Como lo puede ver, sus decisiones son fundamentales en su estado de salud, pero se ha preguntado qué tanto pueden influir en nuestro bienestar físico y emocional las actitudes de los demás, si algunos  médicos supieran cuán valioso es encontrar en ellos  una palabra amable, un saludo cordial,  que se dignaran  a levantar  por un instante su mirada del computador y percibieran nuestra angustia, de seguro empezaríamos a sanar;  si recibiéramos e impartiéramos más dosis de abrazos sinceros, de palabras amables, de besos tranquilos, de expresiones de ánimo, de cálidas sonrisas, de un te ves bien, tú puedes, de sentir que no estamos solos, que alguien está presto a tendernos la mano, seguro necesitaríamos menos medicamentos.

Empezamos a sanar cuando nos amamos a nosotros mismos, cuando cuidamos todo lo que entra en nuestra mente y nuestro cuerpo, porque lo que no nos hace  bien, nos está haciendo un gran  mal, cuando entendemos que el odio solo hace daño al que lo siente, porque el cuerpo que lo experimenta es en el que se libera la adrenalina, el cortisol y la prolactina que afectan nuestro buen funcionamiento.

 La envidia  es un monstruo que nos susurra al oído permanentemente que tenemos mucho menos que los demás, empezamos a sanar cuando dejamos de comparar, no olvides jamás la frase del famoso poema Desiderata: “Si te comparas con los demás te volverás vano y amargado, pues siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú”.

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