Opinión / JUN 05 2020

¿Cuándo empezó Pijao?

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En los años cuando obstáculos y voluntad se enfrentan, el pasado es un mensaje. Pijao recuerda que hubo un tiempo de hombres y mujeres que atravesaron riesgos y se internaron en lo desconocido. Ellos, de tesón inquebrantable, pocos bienes, sentido común de pioneros, juventud y ganas de salir adelante en nueva tierra, tenían de mapa el horizonte.

Al inicio del siglo XX había en Colombia 1.700 km de vías férreas. No había carreteras en 1924 año de la ambición del ferrocarril como medio de multiplicación de encuentros y trueques. Era la tensión en un país de horizontes que invitaba a crearlo y de escasos caminos. No teníamos ferrocarriles. Solo la naturaleza apabullante para empezar. Y sin embargo...

Las lluvias se habían ido y muy temprano se prepararon para el acontecimiento el 4 de mayo de 1902. Se llamaría después Pijao. El espacio se humanizó con frases en idioma castellano, ladraban los perros en las faldas de la cordillera verde. Los muchachos de no más de 25 años, con la emoción inspirada de la intuición de descubridores de nueva tierra y después de haber atravesado cientos de kilómetros por caminos pegados a los abismos de macizos de la montaña, los hermanos Hilario y Cristanto Vallejo; Antonio y Nepomuceno Quintero; Quintiliano Fernández y sus mujeres, no dijeron palabras grandilocuentes:

Hemos decidido que de aquí en adelante este lugar se llamará Colón. Fueron las primeras frases en castellano en las soledades de bullarangas de pájaros amarillos, escurridizos venados dorados y lentos osos perezosos. Inventaron el lugar para la vida, nacimientos, amores y esperanzas descabelladas. Su libertad sin límites fundó unos hábitos y un carácter. Nos dieron un gentilicio, una identidad y realizaron su sueño.

Domeñar los montes y las laderas, levantar casas simétricas y la cuadrícula del pueblo, aclimatar el maíz, el fríjol, abrir la tierra al arte del cultivo del café. Ante sus familias estaba el monte impenetrable, para doblegarlo. El pueblo fue la puerta a las veredas. Pacho Patiño en La Palmera, Luis Jaramillo Estrada en Río- Azul, Pedro Fernández en el bajo Río Lejos y en Las Pizarras, como escribió José Flórez, mi padre:

“Fueron de los primeros que tomaron el cuchillo de monte y el hacha para herir las selvas majestuosas llenas de miles de años”, “las habitaciones fueron hechas de varas y hojas silvestres. El alimento consistía en carne de monte y unos atados de panela, sal y tabaco”. En la noche fumaban tabaco pardo y contaban historias del perro andariego que se tragó la montaña. El pueblo fue levantando con artesanos que llegaron por la ventolera de un pueblo recién inventado.

Hubo casas de paredes blancas, portones de roble, pisos de cedro y flores en los patios. Después se llamó Pijao por capricho manizalita. ¿Quién va a recordar y que nunca se olvide en piedra o en granito el nombre de los que sin miedo a la soledad o al riesgo nos dieron una identidad y un propósito? Pijao entre los pueblos de Colombia es uno donde empieza el alma que llevamos. Pijao existe en un país sin trenes.

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