Opinión / JUL 10 2020

Cuarentena vs. estructura mental

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“Todo el mundo posee una teoría de la naturaleza humana. Todo el mundo tiene que poder prever el comportamiento de los demás, y eso supone que todos nosotros necesitamos teorías acerca de lo que mueve a las personas”. Esta afirmación de Stiven Pinker —2002— es oportuna para el análisis del momento en que está la humanidad y la colombiana en particular, en especial, cuando se trata de ponderar la reactivación económica, la vida social y el riesgo sanitario, pero se deja de lado la salud mental.

Veamos, gobierno y comercio de electrodomésticos muy satisfechos por los resultados del día sin Iva, mientras las autoridades sanitarias sufren por las consecuencias que prevén de ese festín consumista, concerniente al incremento del número de infectados que sobrevendrá por el SARS-CoV-2. De otra parte, el ministerio de Educación atiza el restablecimiento de la presencialidad educativa, pero los padres de familia temen los riesgos epidemiológicos para sus hijos y colateralmente para sus familias. Y así por el estilo, cada colectivo trata de salvaguardar sus intereses a contrapelo de la emergencia sanitaria en múltiples variables.

A todas esas, ¿qué pasa con las primeras etapas del curso de vida? Parece que no están en la agenda gubernamental, social ni familiar. Ellos, ocupados en tener confinados a los pequeños para evitar el contagio viral —satisfechos eso sí, por tenerlos bajo control—, están desentendidos de lo que puede estar ocurriendo en las estructuras encargadas de configurar los neurocircuitos mentales, sicológicos y conductuales de quienes serán los próximos pre, adolescentes y adultos, según su edad.

Se trata, en consecuencia, de la configuración cortical y subcortical que depende del momento crítico y nivel de sensibilidad en que se encuentra el cerebro de ese menor hoy; estructura con la cual se va a desenvolver en su cotidianidad. Una cotidianidad íntima, relacional, familiar y social que el sujeto tendrá que enfrentar con los recursos sinápticos y neuroquímicos que le queden después de superar la crisis aupada por la COVID-19. No existe evidencia alguna, por ahora solo especulación, en la cual apoyarse para anticipar lo que sobrevendrá en ámbitos de salud mental, cognitiva y social; ni cómo la plasticidad cerebral se las apañará para trascender las limitaciones que impone la extendida cuarentena que padece el colectivo de menores de edad. 

Así que es necesario ocuparse no solo de la reactivación económica, sino en cómo prever y mitigar la nocividad de la cuarentena en la estructura mental de aquellos que apenas están en proceso de desarrollarla.

 


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