Opinión / MAY 31 2020

De Camus y Saramago

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¿Debemos replantear los fundamentos de los juicios morales y éticos a raíz de los efectos de la pandemia? Esta vicisitud vivida nos ha hecho comprender que no somos muy responsables y tampoco libres, es una prueba para nuestro sistema de valores. Se debe luchar por la humanidad a pesar de nuestras imperfecciones, tenemos que liberarnos de las ideologías que no nos han enriquecido. Es necesario observar más allá de la avaricia de nuestra sociedad, para que al final de la pandemia, la recordemos como la oportunidad para colocar en la hoguera, la fragilidad de la vida y salir con planteamientos claros para fortalecer la existencia.

El libro La peste de Albert Camus, narra los estragos de una epidemia que causa centenares de muertes, como alegoría del hombre por su ignorancia, su falta de interés por reconocer a los demás y a su entorno. Nos deja enseñanzas de cómo afrontar esta pandemia, entre varias encontramos esta sentencia: “en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Se denota entonces la capacidad de sacrificio y solidaridad de uno de sus protagonistas, el doctor Rieux cuando cumple con su deber al exponerse al contagio de la epidemia y a la muerte con tal de honrar su juramento. A este personaje no le interesa ser santo, ni héroe. Solo quiere ser humano y solidario con los vencidos por la enfermedad. 

Igualmente, en el libro Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, nos habla de un virus que se esparce por los ojos de quien se va topando con el enfermo, los infectados ante el desespero se convierten en seres salvajes por el pánico, mostrando lo más bajo de la condición humana que busca dominar a sus congéneres. La ceguera se emplea como metáfora para recordarnos que lo que está en riesgo en esta pandemia, es nuestro proceso de reconstrucción y la forma de anclaje a lo humano. En paralelo, a la actual situación que aporta al caos que genera la ruptura de la cotidianeidad, nos debemos convencer que la vida es sagrada. Saramago nos enseña que la sociedad puede quedar en una ceguera elegida, ya que tal vez esta crisis no se debe a un problema de oscuridad, sino de exceso de luz.

Se concluye que el problema no es biológico, es moral, en esta situación de contrariedades, brota los peores sentimientos del hombre: insolidaridad, egoísmo, inmadurez, violencia. Pero, también surge lo mejor, aparecen los seres justos que sacrifican su bienestar para dárselo a los demás. La grandeza del ser humano reside en su capacidad de amar la cual prevalece sobre la prosperidad material. Esa experiencia permitirá que, por medio de la incertidumbre y el miedo, entendamos el concepto de solidaridad y aprendamos a experimentarla en toda su plenitud. La solidaridad debe ser la materia prima de lo que está compuesta la sociedad, se debe desandar los caminos del individualismo como una opción de volver a lo básico y convertirla en la esencia para un nuevo despertar.

 


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