Opinión / ABR 01 2020

Democracia en cuarentena

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Cada observador del acontecer global, en países donde la democracia sobrevive, emplea sus canales de expresión como le place. Temas y tratamiento de los mismos son de exclusivo resorte del opinante, quien refleja su particular criterio, resultado, además de su propia carga genética, de experiencias vivenciales, percepciones, intuiciones, lecturas, medio familiar, social, cultural donde ha habitado, entre múltiples componentes. La construcción de valores, el apego a creencias, indiferencias, repulsas, filiaciones, constituyen un complejo proceso singular y social. Que se den divergencias, respecto a enfoques, análisis o conclusiones, frente a un hecho, respecto a circunstancias o personas, incluso en individuos con factores comunes de formación e información, es apenas natural; aunque en general nos cueste bastante aceptarlo, mucho más, asumirlo.

Caso pandemia COVID-19: jamás en la historia del planeta pesó una amenaza tan probadamente letal sobre la totalidad del género humano, como en el presente. Sí, pestes hubo, epidemias, guerras, eventos telúricos, tsunamis, que cobraron millones y millones de víctimas fatales, pero con todo, fueron hechos localizados en porciones geográficas, sin incidencia global. Lo de ahora, en pleno siglo de reducción de distancias por la oferta mediática y pasajes aéreos de bajo costo, del boom de la tecnología, de mercados abiertos, es otra cosa. La guadaña del virus, aún sin control, avanza sobre la faz del mundo en su vasta totalidad.

Sobre la hasta acá impensable coyuntura que por fuerza une hoy a la comunidad orbital, en defensa de la vida y la salud, las posiciones de comunicadores y comentaristas de cara a la gravedad de la pandemia, no pueden ser más diversas. Sin embargo, comprobar que tanto en los planos local y nacional, como en el internacional, el oportunismo politiquero de la izquierda, del retroprogresismo, escudado en la pandemia, bien empleándola como arma agresiva, bien ignorándola de manera deliberada, pretende lucrarse de la tragedia, cobrando protagonismos impostados, oponiéndose a toda decisión oficial, buscando agudizar el desconcierto y la incertidumbre, enciende el ánimo. El elector colombiano, por suerte, ha demostrado no ser manipulable. En la hora presente, como nunca, a las puertas de la tremenda crisis que con sentido de fraternidad y colectividad deberemos confrontar, la lucidez ciudadana sabrá distinguir al final del camino, quiénes respondieron a sus responsabilidades y quiénes quisieron captar dividendos de la emergencia. Los efectos de la súbita parálisis productiva, de la desactivación económica, se dilatarán en el tiempo, más allá del actual periodo presidencial. Colombia requerirá de opciones transparentes de unión opuestas al socialismo catastrófico, delincuencial, de Castros, Chávez, Maduros, Ortegas…

 


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