Opinión / AGO 13 2020

Desenterrando el infierno

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En el imaginario occidental, los poetas han dibujado los engendros que subyacen en las profundidades inconscientes del hombre; tal vez para advertir que la emergencia de estos sobre la corteza terráquea podría causar la destrucción del futuro humano.

Primero lo hizo Homero en su Odisea cuando su personaje, Odiseo, guiado por la hechicera Circe, viaja hasta las columnas de Heracles descendiendo al Hades y mediante el artilugio del vino logra representarse imágenes de los muertos con el fin de develar su designio; configurando a Aquiles, este le confiesa que morir joven es el peor de los males, pues, en este hueco profundo se vaga sin propósito alguno como sombras en las tinieblas.

Más tarde, Virgilio en su Eneida el protagonista, Eneas, guiado por la diosa Afrodita huyen de la destrucción de Troya para salvar la estirpe de Príamo fundando una nueva ciudad donde su generación hubiera de prosperar; en la travesía debieron transitar por las grutas del Averno. Eneas se encuentra con varios de sus familiares sufriendo las secuelas de heridas horrendas propinadas por los ejércitos enemigos. Por esto, le recomiendan evitar que su pueblo entre de nuevo en discordia, porque, es la más ignominiosa de las acciones.

Luego, Dante Alighieri escribiría La comedia, a la que Boccaccio le agregaría el adjetivo Divina; donde el mismo autor baja a los infiernos de la mano del propio Virgilio. Los dos descienden por los círculos infernales hallando seres torturados bajo terribles suplicios infligidos por el demonio, multiplicado en perversos diablillos, quienes con saña fustigan a estos practicantes de las siete vergüenzas capitales: consideradas estas, las peores infamias que caracterizan al ser humano; los condenados arrepentidos suplican a los visitantes liberarlos de tan atroces castigos.

Estos bardos se han asomado a los abismos que han tratado de sellar los pueblos evitando la emergencia de los monstruosos engendros disfrazados de protectores de la vida y la libertad. Sin embargo, la batalla interna la están ganando esos sepultureros de jubón y chistera instalando, como se temía, la sede de los infiernos sobre la faz de la tierra. 

Hoy, ningún ciudadano tendría que descender a las profundidades subterráneas, pues ellos están aquí: una caterva de zánganos cuya piel ha mutado en soberbios, avaros, lujuriosos, iracundos, glotones, envidiosos, perezosos…y otras malas hierbas doctorales. Apoltronados en institucionales oficinas estatales ordenan segar las vidas de jóvenes inermes así como diseñan guerras fratricidas. 


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