Opinión / MAY 08 2016

¡Dispara a todo lo que se mueva!

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Como el estudio de la historia casi ha desaparecido, y la gente solamente vive pendiente del último acontecimiento, es posible que la guerra de Vietnam no signifique nada para los menores de cincuenta años. Por esta razón conviene recordarla, no solamente por lo que significó, sino por las enseñanzas que se deducen de ella.

Fue la primera derrota del Imperio. Una pequeña nación campesina resistió la invasión de Estados Unidos, la mayor potencia mundial. Durante veinte años (entre 1995 y 1975) las fuerzas armadas de los Estados Unidos ensayaron todas las armas, asesinaron centenares de miles de civiles vietnamitas, destruyeron sus poblados, arrasaron los cultivos. La consigna general que se impartía a los soldados era ¡Dispara a todo lo que se mueva! Y la cumplieron: más de cinco millones y medio de civiles ajenos al conflicto (hombres, mujeres, niños y ancianos) fallecieron, en tanto que las bajas norteamericanas fueron apenas cincuenta mil, aproximadamente.

Los invasores usaron toda clase de torturas  contra la población indefensa. Nick Turse, un historiador norteamericano, después de realizar una investigación por muchos años, escribió un libro que tituló Dispara a todo lo que se mueva. La verdadera guerra norteamericana en Vietnam. Conviene citar algunos de sus apartes.

Éste es el testimonio de un soldado, que muestra como su conducta se fue degradando con el paso de los días: “Al principio, parabas la gente, les preguntabas, y los dejabas ir. Después, parabas a la gente, dabas una paliza a un viejo, y los dejabas marchar. Más tarde, parabas a la gente, dabas una paliza a un anciano y luego le disparabas. Al final, entrabas y aniquilabas a todo el mundo.”  

Era frecuente la mutilación de los cadáveres, para conservar algo como trofeo: “Algunos soldados  cortaban de un tajo la cabeza de los vietnamitas para guardarla, comerciar con ella o cambiarla por recompensas ofrecidas por los jefes.  Muchos más cortaban las orejas de sus víctimas, con la esperanza de que desfigurando a los muertos asustarían al enemigo… Aunque las orejas eran el recuerdo más común, también gustaban mucho los cueros cabelludos, penes, narices, pechos dientes y dedos.”

Al final del libro, su autor deja constancia de cómo los Estados Unidos han sepultado esta página vergonzosa: “Enterrada en olvidados archivos del gobierno de los Estados Unidos, encerrada en el recuerdo de los supervivientes de las atrocidades, la verdadera  guerra americana en Vietnam casi ha desaparecido de la conciencia pública.”

No vacilo en recomendar la lectura de este libro. Está llena de lecciones sobre el Imperio, dignas de ser aprendidas y nunca olvidadas.

Al terminar, puso fin al mito de la invencibilidad de los norteamericanos. Y por fortuna, fue su primera derrota y no sería la última. Veamos.

Después del 11 de septiembre, la estupidez y la maldad de Bush y sus asesores, se inventaron la mentira de la amenaza del arsenal nuclear de Irak, que jamás existió. Basados en esta mentira y movidos, además, por la codicia del petróleo, invadieron un país prácticamente indefenso. E incurrieron en el colmo de la hipocrecía al pregonar que lo hacían en defensa de la paz  y para imponer, a la fuerza, la democracia en ese país. ¿Qué dejó esa guerra? Medio millón de iraquíes masacrados, ciudades enteras destruidas, saqueos etc. Y, desde luego, un aumento del odio hacia el Imperio.  

  El mundo jamás olvidará los crímenes atroces cometidos por militares norteamericanos en la cárcel de Abu Ghraib.

El maestro Fernando Botero plasmó esos horrores en lienzos  que causarán indignación durante mucho tiempo.

¿Pero, ganaron los Estados Unidos esa guerra insensata? No, fue, indudablemente su segunda derrota. Lo único que consiguieron fue multiplicar la justificada aversión que el mundo les tiene.

Y ahora siguen empeñados en una guerra sin sentido en Afganistán. Guerra que también perderán. Y como siempre, dejarán destrucción, hambre, miseria.

Nota al margen: Aunque no sea un tema interesante, hay que analizar lo que dice el presidente Santos. En estos día, en el exterior –donde suele permanecer-, le manifestó a un periodista que a él lo tenía sin cuidado su impopularidad, porque era un asunto que no tenía relación con el proceso de paz, con las tertulias de La Habana. ¿Cómo pudo decir semejante tontería? ¿A quién convence un presidente rechazado por el  ochenta por ciento de la población?  


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