Opinión / NOV 29 2019

Divergencia fértil

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Los colombianos, hace más de dos siglos, evadimos los problemas sociales más visibles y aberrantes. El Estado — una legión acomodada de políticos y burócratas, el ejército y la policía— apuntala esa ficción, la republiquita de opereta, la colcha de retazos de cartón, montada con la idea banal de simular una nación integrada.

Si no fuera este un momento dramático causaría risa que digan, sobre todo los medios masivos de comunicación, que vivimos en la actualidad en un país polarizado: somos un país despedazado desde la raíz, desde el origen. 

Todos sabemos en provincia que somos un territorio desvertebrado, aislado y fragmentado. La pobreza de nuestras veredas y barrios periféricos crece ante la mirada represiva de sucesivos gobiernos. 

Nos acostumbramos a pensar que la disidencia o la rebeldía contra el destino, individual o grupal, debía ser amilanado o castigado con violencia, y que la mejor manera de responder a la contradicción entre ciudadanos era el ninguneo o la eliminación argumental o física del otro, de quien difiere de nosotros.

En el siglo diecinueve las nueve guerras generales y las catorce regionales jamás respondieron la pregunta de sangre que nos hacíamos: y la tierra de quién y para qué. Luego, en el siglo veinte, la industrialización y la urbanización, sin orden y sin causa común, obnubilaron a una clase dirigente que deseaba para sí misma el pan, el queso, y además la sumisión sin contrapartida de unos pobladores que dijeron menos frente al abuso habitual.

Poco a poco, una derecha cruel y coludida, sin tapujos, construyó un discurso asimilado por privilegiados y marginados. El lobo del comunismo nos quería tragar, y era necesario estar del lado de unos pocos propietarios para defender una ficción de país. 

Y hemos llegado al siglo veintiuno. No resolvimos en su origen el problema de la tierra y las ciudades crecieron cercadas, minadas, por densos cinturones de miseria. ¿Qué esperan los banqueros, los gremios económicos, los políticos y dirigentes profesionales de derechas, los terratenientes y los comandantes del Ejército y la Policía?

No pueden esperar nada. Esta generación, la de nuestros hijos y nietos, poco tiene que perder. No dilapida el trabajo porque no hay ocupación en un mercado dominado por pocas empresas; ni sus derechos académicos, porque son insuficientes los cupos educativos para sus familias en las universidades; ni su dignidad: los canales de televisión, con sus noticias y periodistas amañados, la vulneran cada mañana; no pueden perder la ilusión de una pensión en la vejez, porque no hay esperanza de alcanzarla; ni siquiera sus vidas: los grupos disidentes de las guerrillas los secuestran y reclutan en algunos territorios o la policía les dispara a quemarropa en alguna vía de Colombia.

¿Qué tienen para perder las nuevas generaciones?

La sublevación que hoy existe en las calles merece una reflexión a profundidad, y no podemos aupar la resolución de los conflictos a través de los hechos violentos, como sucede en el avatar del día a día o en las lógicas guerreristas de una fuerza pública que requiere, en sus estructuras y métodos, ser reinventadas y repensadas.

 Los jóvenes de Colombia nos dan una lección impensada y maravillosa. Nos dicen a sus mayores, en la cara, que no permitirán que hasta la esperanza de su voz— y de sus marchas— se marchite en el sofisma de un gobierno y de un sistema político negligentes.


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