Opinión / DIC 01 2019

Dos caras del progreso

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Una certeza es incuestionable: el progreso se logra solo si en el transcurso quedan escombros, daños irreparables y consecuencias impredecibles. Esta doble faceta del progreso comenzó a evidenciarse antes de 1992 con el daño de la capa de ozono y el calentamiento atmosférico. 

Y por fin se tuvo claridad de lo que significaba el portentoso desarrollo de las grandes ciudades, industria, economía y riqueza de los países: uso indiscriminado del petróleo, que por entonces se llamó el oro negro. Toda actividad productiva mundial estuvo basada en este poderoso recurso. Pero como no hay acción sin reacción y toda causa tiene un efecto, hoy el petróleo se reporta como el factor desestabilizador de las condiciones de vida en la tierra. 

De seguir consumiendo combustibles fósiles, la existencia humana estará expuesta a cambios severos y a condiciones inhóspitas en un planeta que no se reconocerá por lo que era. De ahí que es perentorio pensar en escenarios futuros y, por lo que se anuncia, los vaticinios son terroríficos, si el clima asciende por encima de los dos grados del que se tenía en la era preindustrial. Es como se dice, el punto de inflexión, y darlo a conocer es trabajo de científicos y agencias internacionales dedicadas al estudio de la energía

¿Qué alternativas hay en un mundo que para su funcionamiento requiere energía en cantidades ingentes y que su desarrollo depende de los combustibles fósiles? El asunto se complica porque economías en desarrollo se obligan a competir con otras más avanzadas y no están dispuestas a dejar de consumir energías sucias porque también ellas, según dicen, tienen derecho a su cuota de contaminación. ¿Quién las regula o las obliga a salvar el planeta que otros han aprovechado para su progreso? Pero se trataría de equilibrar el crecimiento de estas economías y en avanzar con tecnologías que absorban el CO2, y el compromiso, cierto y sincero, de parte de aquellos que han sido los grandes contaminantes. 

El progreso representa hoy el mayor desafío, que consiste en el uso de energías no contaminantes y en métodos de captura y almacenamiento de carbono con fines de reutilización en la actividad productiva. 2.800 millones de toneladas de CO2 al año y reacondicionar enormes plantas de carbón para mediados de siglo, son cifras que podrían hacer realidad contener el cambio climático. Y por lo que se ve, es la única forma, pues ni siquiera los esfuerzos y sacrificios que haga la clase media –por ser el mayor consumidor- tendrán efecto alguno en contener la crisis climática. Invertir en ciencia y en tecnologías limpias es el reto superior que tienen los gobiernos y por el que deberían presionar los movimientos sociales. 


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