Opinión / NOV 15 2019

El día señalado

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Algunos colombianos nunca tienen miedo: sus hijos van a espléndidos colegios de preescolar, bilingües, andan en camionetas blindadas, y jamás conocerán la guerra; sus esposas viven medio tiempo en centros comerciales y gimnasios, o salas de cirugía, y sus cuentas de ahorros están en países del exterior. ¿Por qué van a sentir miedo?

No sienten miedo porque pueden vociferar en nombre de los gremios económicos, a todo pulmón — y lo risible es que muchos ingenuos les creen — que Colombia va rumbo al desastre, ya sea por el paso de la lluvia bolivariana o porque nos afiliamos al Foro de San Paulo, como si esas gripas fueran la causa de esta metástasis: la pobreza inefable de millones de seres humanos que, desde hace dos siglos, no tienen como comer con dignidad o como digerir un trozo de esperanza.

No sienten miedo, algunos colombianos, porque son defendidos por una prensa hipotecada o fletada. No sienten miedo esos colombianos, pocos por cierto, porque a tiro de celular de alta gama tienen a la Policía y al Ejército, muchachos desconocidos que responderán al grito de guerra que ellos lancen desde Miami o desde una cómoda oficina en Bogotá. 

En septiembre 14 de 1977, cuando ya casi finalizaba el gobierno de Alfonso López Michelsen, los sindicatos y trabajadores, aplastados por el peso de una bonanza económica que no sintieron en sus bolsillos, ante la frustración provocada por una revolución hechiza, inexistente, se lanzaron a las calles a protestar. El gobierno, enmarañado en su falta de identidad, hizo lo mismo que hacen ahora los mandatarios de turno: culpar al comunismo internacional, y tildar de terroristas a quienes desean, en la calle, cantar la rajatabla de sus desdichas.

De esa jornada, que destruyó muchos bienes públicos y privados, con muertos y heridos a bordo, nos quedó una lección no aprendida: el paro ahora es justificado, y quienes marchan deben responder por sus actos, así como los integrantes de la fuerza pública deben entender que los protestantes son colombianos como ellos, y no son los enviados del socialismo desaparecido en la Unión Soviética o que muere, con agonía lenta, en Venezuela o en una Cuba rezagada en la historia.

En 1974, con la decepción marcada en sus rostros, los trabajadores acusaron la traición de López Michelsen. Con déficit fiscal galopante en las cuentas públicas, el presidente anunció una emergencia económica, que dolería en la nómina de los trabajadores. La inflación se trepó, y el gobierno de una eliminó los subsidios e incrementó el precio de los servicios públicos. El Mandato Claro, del Pollo López, la esperanza blanca e inglesa de las clases menos favorecidas, se convirtió en el Mandato Caro.

Los colombianos, de nuevo, sienten que nada hay para ellos en la mesa de la última cena. Ni las migajas caen como es la teoría del liberalismo del capitalismo salvaje: que el festín siga para los anfitriones, que los sobrantes caerán de la mesa, y así todos quedamos satisfechos.

Duque no representa a los colombianos en su diversidad. Su mandato legal, democrático, solo es útil para los grandes empresarios. 

El 21 de noviembre estamos ante una nueva prueba de fuego. La pasada la perdimos: no fuimos capaces de defender el proceso imperfecto de Santos. La nueva está clara: sin Farc, debemos protestar con vehemencia, obvio, pero sin violencia.


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