Domingo, 26 Ene,2020
Opinión / SEP 05 2019

El poder de las palabras

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Antonio Gala, reconocido escritor y poeta español, afirmaba en una entrevista: “[…] El peligro de las palabras es muy grande. Ellas son las culpables de que no nos relacionemos con personas determinadas, sino con la idea que de ellas tenemos; de que veamos a los otros a través de los lentes deformantes de nuestros prejuicios”. Y agrega: “La palabra, esa primera semilla del razonamiento y de la religión y del arte y la ciencia, es la causa inicial de todos los desastres que el hombre podría provocar”. 

El refrán popular dice que las palabras se las lleva el viento, pero no es así. Por el contrario, estas dejan huellas en las personas que las reciben. Basta observar las consecuencias del llamado permanente que algunos líderes hacen a la indignación y a la exaltación. Palabras que además de presagiar catástrofes, en un mundo que privilegia las malas noticias, se convierten en instrucciones obedecidas ciegamente sin análisis y sin sentido de las proporciones. 

El empleo del lenguaje como herramienta de manipulación es tan antiguo como el ser humano. Y en estos tiempos debido a la necesidad de  impactar mediáticamente para mantenerse en el poder, es una estrategia perversa pero indispensable. La estrategia funciona mejor si los temas que convienen a un líder o a una franja de opinión, se convierten en viscerales. Por ello se recurre permanentemente al lenguaje como vehículo predilecto para movilizar emociones. Kathleen Taylor, científica norteamericana, experta en neurociencia, nos recuerda en su libro Lavado de cerebro: La ciencia del control del pensamiento, que “(…) cuando algo provoca una reacción emocional, el cerebro se moviliza para lidiar con ella, dedicando muy pocos recursos a la reflexión”. Por eso el lenguaje manipulador se desborda en emociones, evitando exponer razones que permitan elaborar juicios críticos. 

Y así se va construyendo un metalenguaje, es decir, una jerga o léxico propio que identifica a quienes hacen parte del grupo. A partir de ello se rompe la posibilidad de escuchar otras posiciones, mucho menos de respetar la diferencia, en un juego de palabras que busca reforzar la idea de que los malos son siempre los demás.

La palabra puede motivar, inspirar, reconciliar, construir, edificar y transformar. Pero también puede destruir, calumniar, injuriar, estigmatizar, amenazar y conducir a una violencia de la cual nadie se hace responsable. Por eso al momento de hablar, antes de lanzar cualquier juicio de valor, deberíamos procurar elegir bien nuestras palabras pues estas, definitivamente, no se las lleva el viento. 

Adenda: Celebra 57 años nuestra VIII Brigada. Desde esta columna, rindo homenaje a los hombres y mujeres que la integran. Los habitantes del Quindío agradecen su compromiso con el desarrollo y la seguridad, pero también su valioso aporte a la construcción de la paz.

* Exasesor Oficina del Alto Comisionado para la Paz


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