Opinión / ABR 30 2020

El tiempo de las bibliotecas

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Además del día del Idioma y del Libro, el 23 de abril se celebró en Colombia el día del Bibliotecario. Fue una celebración atípica en la que los mayores devotos de la triada idioma-libro-bibliotecario, buscaron la forma de conectarse desde la virtualidad para expresar gratitud y cumplir con el mejor acto celebratorio posible en esta fecha: leer y compartir lecturas. 

Con las más de 1.400 bibliotecas de la red nacional cerradas por la cuarentena, los bibliotecarios del país han puesto en juego toda la recursividad y el empeño que les son propios a su rol para llevar a los usuarios los servicios bibliotecarios de maneras alternativas. Vale resaltar que hoy por hoy el bibliotecario, más que ser un ‘prestador de libros’, puede y debe ejercer un liderazgo cultural y social en su comunidad, que será crucial en la recuperación pospandemia. A propósito de esto, ahora que los mandatarios se encuentran afinando sus planes de desarrollo, se espera que en los apartados correspondientes a la cultura, las bibliotecas ocupen una línea visible y consistente en materia de planificación e inversión, y que no aparezcan simplemente enunciadas. 

Con motivo de la celebración, la Biblioteca Nacional invitó al profesor Dídier Álvarez, estudioso y conocedor de la biblioteca pública, a compartir en videoconferencia algunas ideas que sustentan el valor y la necesidad de esta institución de la cultura. Entre otras apreciaciones, habló de la biblioteca entendida como “proyecto de humanidad”, “idea en movimiento” y “estandarte de lo público”. Son estas ideas que confluyen en la maravillosa y compleja identidad de la biblioteca moderna.

En Bibliotecas y librerías: entre herencias y futuro, el historiador francés Roger Chartier plantea: “La librería y la biblioteca son 2 de las instituciones capaces de reconstituir alrededor del libro la sociabilidad que hemos perdido. La historia de la lectura enseña que, con el correr de los siglos, la relación que tenemos con los libros se ha identificado con una práctica personal, íntima, solitaria, alejada de las formas de oralidad tradicionalmente ligadas con los textos: la lectura en voz alta, la conversación sobre los libros, la tertulia letrada o el intercambio amistoso. Las librerías y las bibliotecas pueden restaurar la importancia de la palabra viva, ‘alada y sagrada’ decía Borges, para la cultura escrita y libresca. Las lecturas de sus obras por los autores, tal como las lecturas del siglo XIX, la presentación con varias voces de los libros nuevos, los debates que contribuyen a construir y nutrir el espacio público son algunas de las actividades que los libreros y bibliotecarios, conscientes de su responsabilidad intelectual y cívica, acogen y organizan en sus espacios”.

Los libros siempre precisan, de la mano presta del bibliotecario, que los acerquen a los lectores.

 


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