Opinión / JUL 03 2020

El túnel de la vergüenza

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Parecía una película de terror. Un sobresalto nocturno que nos ponía de pie. Sonaba la sirena en la en Calarcá, y uno sabía que un bus había caído en uno de los precipicios de la carretera de La Línea. Todavía, cuando suena alguna alarma, la memoria invoca el olor a aceite quemado y presiente los fantasmas de los muertos recuperados del abismo.


Desde 1927 los quindianos pensamos en la construcción de un túnel que nos llevara, salvos y en menos tiempo, a Ibagué. Presidentes de todas las épocas, políticos de toda laya, prometieron la luz al final de ese deseo postergado.

En 1994 en el plan de desarrollo de Colombia, El Salto Social, aparecía el enunciado de paso por la cordillera Central. Era un propósito del gobierno, disputado por el Valle del Cauca frente a la región cafetera y del Tolima Grande.

En Cali se pensaba la construcción de la carretera que atravesara el páramo Las Hermosas. Se hablaba sobre el interés del empresariado y, también, de los narcotraficantes para que esa obra vial se hiciera por allí. Desde Buga, ascendiendo por el Río Guadalajara, vulnerando el Parque Nacional Las Hermosa, por las márgenes de la quebrada el Diamante, el Río Amoya, hasta el sitio El Pando, conectando a la vía Chaparral.

El gobierno de Ernesto Samper se detuvo cuando los ecologistas se pusieron firmes en todo el país. Esa dubitación permitió que desde Calarcá se organizara con el alcalde de la época una asociación de municipios, Asotúnel, y una bancada parlamentaria que hiciera frente a la muy poderosa del Valle del Cauca.

Calarqueños como Óscar Iván Sabogal, Diego Villegas Restrepo y Édgar Geney Arteaga, del Tolima, hicieron la convocatoria de los alcaldes de Ibagué, Cajamarca, Pereira, Armenia, y sentaron a la mesa al senador Rodrigo Villalba Mosquera, del Huila, a los congresistas de la Anapo, al senador Juan Martín Caicedo Ferrer, a la representante Emma Peláez, entre otros, para presionar la elección del túnel de la línea. Samper, en un discurso en la Ye en Calarcá, dijo sí al túnel de La Línea.

En el gobierno de Pastrana no pasó nada productivo, y en los sucesivos gobiernos de Álvaro Uribe licitaron los estudios e iniciaron la obra y, claro, empujaron el buldócer de sobrecostos que volvió esa obra un lodazal de sospechas e ineptitud.

Los quindianos, si aún queda algún rescoldo de dignidad, no deberíamos auspiciar la inauguración de ese túnel. Su ejecución no ocupó con predilección la mano de obra del Quindío; contaminó con sus residuos nuestras quebradas; dilapidó los recursos del Estado y construyó un irregular puente helicoidal que todos los días hace sonar la sirena del volcamiento y de la muerte en Calarcá.

No podemos alegrarnos por la corrupción, ni cohonestarla, y el túnel de La Línea hace parte de la amoralidad de la clase política de Colombia.

¿Inaugurar qué el 1 de septiembre? ¿Nuestro silencio cómplice? ¿Nuestra sumisión infinita?

El túnel es el monumento a la corrupción en nuestro país. Es una película de terror.


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